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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Curiosidades

Un camarón que cabe en la palma de tu mano enciende bajo el agua un calor casi como el del Sol

Un camarón pistola cierra su pinza en medio milisegundo. Hicieron falta una cámara de alta velocidad y detectores de luz ultrasensibles para ver lo que pasa, en ese instante, en el agua que tiene enfrente.

Un camarón que cabe en la palma de tu mano enciende bajo el agua un calor casi como el del Sol

Un camarón pistola mantiene su pinza grande abierta y tensa, como un gatillo a punto de soltarse. Cuando la cierra, tarda medio milisegundo: en lo que dura un parpadeo, cabrían cientos de esos disparos. Y en ese medio milisegundo, en el agua que tiene enfrente, pasa algo que nadie sospechaba de un animal que cabe en la palma de la mano.

Dos mitades que chocan

El camarón pistola de pinza grande vive en mares tropicales y subtropicales, y de adulto no pasa de cinco centímetros y medio. Una de sus pinzas es enorme al lado de la otra, y es la que dispara.

Camarón pistola de pinza grande visto de perfil sobre fondo oscuro, con su pinza gigante bien visible
Un camarón pistola de pinza grande, de perfil, con su pinza gigante a la vista. Foto: Smithsonian Environmental Research Center / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Con ella caza: la presa que está cerca queda aturdida, o muerta, sin que la pinza llegue a tocarla. Ese disparo es su manera de comer.

Del chasquido, en cambio, nadie parecía dudar. Las dos mitades de la pinza se cierran de golpe, como unas castañuelas. Durante mucho tiempo se dio por hecho que el ruido nacía de ese choque.

Pero el cierre era demasiado rápido para mirarlo. Lo que pasaba en ese medio milisegundo, nadie lo había visto.

Veinte fotos en medio milisegundo

En 2000, cuatro físicos del Departamento de Física Aplicada de la Universidad de Twente, en Países Bajos, se propusieron ver ese instante. Eran Michel Versluis, Barbara Schmitz, Anna von der Heydt y Detlef Lohse, y su protagonista fue el camarón de pinza grande.

Pusieron micrófonos submarinos para registrar el sonido y una cámara de alta velocidad apuntada a la pinza. En sus filmaciones, la cámara llegaba a 40.500 imágenes por segundo: el cierre que el ojo no alcanza a seguir se convertía en una veintena de fotos, una detrás de otra.

Las imágenes contaron otra historia. La pinza se cerraba tan rápido que disparaba un chorro de agua, y dentro de ese chorro se formaba una burbuja.

Entonces pusieron la película junto al sonido. El chasquido no coincidía con el cierre de la pinza. Llegaba un instante después, justo cuando la burbuja se aplastaba sobre sí misma.

El ruido nunca había salido de la pinza: salía de la burbuja. Era un estallido de hasta unos 218 decibelios bajo el agua, y el chorro, junto con el golpe de ese estallido, era lo que aturdía a las presas a su alrededor.

Para sonar así, la burbuja tenía que cerrarse con una violencia enorme. Y lo que ocurría dentro de ella en ese momento seguía siendo una duda.

Un año después, junto al camarón

En 2001, Lohse, Schmitz y Versluis volvieron al camarón con otro instrumento. Esta vez colocaron junto a él detectores de luz ultrasensibles, capaces de registrar un resplandor donde el ojo solo encuentra oscuridad.

El camarón cerró la pinza. La burbuja nació en el chorro, se aplastó, y los detectores marcaron un destello.

Fue un pulso brevísimo, con tan pocas partículas de luz que ningún ojo humano lo habría visto, y es probable que ningún otro ojo tampoco. Ese destello tiene hoy un nombre a su medida: camaronoluminiscencia.

Matraz de laboratorio con cables enrollados a su alrededor y una burbuja que brilla en su interior
En un matraz de laboratorio rodeado de cables enrollados, una burbuja atrapada brilla por sonoluminiscencia. Foto: Beazzie / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Casi tan caliente como el Sol

Esa luz era la pista que faltaba. Así como el color de una brasa delata cuánto quema, el destello delataba lo que pasaba dentro de la burbuja en el momento de aplastarse.

Ahí dentro, durante una fracción de instante, se juntaban presiones extremas y una temperatura de al menos 4.700 °C. La superficie del Sol está a unos 5.500.

Vaso con agua iluminado de rojo en el que muchas burbujas brillan en azul
Muchas burbujas brillan en azul dentro de un vaso con agua iluminado de rojo, en una foto de larga exposición. Foto: Brian Pollack y otros / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Un animal que cabe en la palma de la mano, con un solo cierre de su pinza, encendía bajo el agua un calor casi como el de la piel del Sol. Y ese calor se apagaba casi en el mismo instante en que nacía.

Además, el disparo resultó ser mucho más que un arma de caza. Los camarones pistola chasquean cuando pelean o se cruzan con otros de su especie, cuando se aparean y cuando necesitan ahuyentar a un depredador.

Por eso los lugares donde viven nunca están en silencio. En arrecifes, bahías, puertos, estuarios, manglares y bancos de ostiones, sus disparos se juntan en un crepitar que llena el agua, como aceite caliente en una sartén.

Entre raíces de manglar o sobre un banco de ostiones, un camarón pistola vuelve a tensar su pinza. Cuando la cierre, solo se oirá un chasquido más en el crepitar del agua. Y dentro de ese chasquido, por un instante que nadie alcanzará a ver, habrá ardido un chispazo casi tan caliente como el Sol.

Fotos del camarón pistola de pinza grande (Smithsonian Environmental Research Center / Wikimedia Commons, CC BY 2.0), de una burbuja que brilla por sonoluminiscencia (Beazzie / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0) y de burbujas que brillan en un vaso con agua (Brian Pollack y otros / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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