Saltar al contenido
Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

Al gato de un farero se le culpó de extinguir el último pájaro cantor sin vuelo, pero los huesos del ave aparecieron en otras islas

En 1894, el gato de un farero empezó a llevar a la casa un pájaro que no volaba y que la ciencia no conocía. La historia culpó al gato de su fin, pero los huesos del chochín de la isla Stephens cuentan otra cosa.

Al gato de un farero se le culpó de extinguir el último pájaro cantor sin vuelo, pero los huesos del ave aparecieron en otras islas

El chochín de la isla Stephens pesaba lo que medio huevo de gallina y pasaba la vida pegado al suelo, entre las rocas del bosque. No podía volar, y en esa isla de Nueva Zelanda no le hacía falta. Desapareció pocos años después de que la ciencia supiera que existía, y la historia que se repitió luego le dio un solo culpable: el gato de un farero. Los huesos del pájaro cuentan otra cosa.

Litografía coloreada a mano de 1895 que muestra al chochín de la isla Stephens
El chochín de la isla Stephens en una litografía coloreada a mano que se publicó en la revista Ibis en 1895. Ilustración: John Gerrard Keulemans / Wikimedia Commons, dominio público.

Llegan el faro y los gatos

A comienzos de la década de 1890, la isla Stephens todavía tenía bosque, y en él vivían muchas especies de aves nativas. Ninguna había tenido que cuidarse nunca de un cazador con pelo y dientes: en la isla no había depredadores mamíferos.

En 1894 se encendió el faro. Con él llegaron los fareros y sus familias, y con las familias, sus mascotas: los gatos.

La isla Stephens vista desde el mar, con su lomo verde y un faro blanco en lo alto
La isla Stephens, o Takapourewa, vista desde el mar, con el faro en lo alto. Foto: Herewhy / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Uno de los fareros era David Lyall. Ese mismo año, un gato suyo empezó a llevar pájaros muertos a la casa.

Entre esas presas apareció uno que no se parecía a ninguna especie descrita. Y no fue el único: antes de que terminara 1894, el gato había llevado diez. Así conoció la ciencia al chochín, por los que el gato iba dejando en la casa.

Dos veces con vida

Vivo, casi nadie lo vio. Hubo apenas dos encuentros, los dos en el bosque, entre las rocas. Tenía hábitos en parte nocturnos y se movía tan rápido por el suelo que no hubo manera de alcanzarlo ni con un palo ni con una piedra.

Y es que levantar el vuelo no era una salida. El hueso que lo explica lo has visto en cualquier pollo asado: la cresta que corre por el centro del pecho, entre las dos pechugas, donde se sujetan los músculos que mueven las alas. En el chochín esa cresta casi no existía, y sus alas eran cortas, redondeadas y de plumas blandas.

Eso lo volvía único. Entre unas cuatro mil especies de aves cantoras, el linaje del gorrión y el cuervo, se conocen apenas cinco sin vuelo. Cuando los europeos llegaron a Nueva Zelanda, solo una seguía viva, y era esta.

Un aviso con las pieles

Lyall hizo llegar pieles de esos pájaros a Henry Travers, un comerciante de ejemplares para colecciones. Según contó el propio Travers, las mandó con una advertencia: son muy difíciles de conseguir, y en poco tiempo no quedará ninguno.

Lo que pasaba en la isla le daba la razón. No había un gato: había varios. Los que llegaron como mascotas se establecieron en la isla ese mismo año y se multiplicaron rápido.

Hacia comienzos de 1895, Lyall escribía que los gatos se habían vuelto silvestres y hacían estragos entre todas las aves.

Escritorio de madera con una carta manuscrita, un tintero, una pluma y una lámpara de aceite junto a una ventana por la que se ve un faro blanco
Una carta escrita a mano en una casa de fareros, con el faro tras la ventana: desde la isla, las noticias de los gatos se contaban por carta.

Los últimos, quizá en 1899

El chochín no se acabó en un año. En 1895 se consiguieron entre dos y cuatro ejemplares más, y después otros dos o tres, quizá hasta 1899. Todos llegaron muertos a las colecciones.

Con los años, se repitió una versión del descubrimiento que cabía en una línea: el gato de un farero encontró una especie y acabó con ella enseguida, él solo. Era fácil de recordar, y dejaba fuera a los demás gatos y los años que tardó el final.

Tampoco explicaba por qué, en toda Nueva Zelanda, ese pájaro solo vivía en una isla.

Huesos en la comida de un búho

La respuesta estaba en las dos islas grandes del país, la Norte y la Sur. En muchos lugares de las dos han aparecido huesos del chochín, sobre todo entre las sobras de comida del búho reidor, otra especie hoy extinta, como las espinas que quedan en el plato después de un pescado.

Ilustración antigua de dos búhos reidores posados sobre una rama
Dos búhos reidores, un ave de Nueva Zelanda hoy extinta: entre los restos de lo que comían han aparecido huesos del chochín. Ilustración: John Gerrard Keulemans / Wikimedia Commons, dominio público.

Esos huesos muestran que hubo un tiempo en que el chochín vivía en las dos islas grandes, en poblaciones enormes.

Después llegaron los primeros navegantes, y con ellos, la rata polinesia, el kiore. Es probable que esa rata acabara con los chochines de las dos islas siglos antes de que se encendiera el faro.

Grabado del siglo XIX de una rata polinesia vista de cuerpo entero
Una rata polinesia, o kiore, en un grabado del siglo XIX. Llegó a Nueva Zelanda con los primeros navegantes. Ilustración: Walter Buller / Wikimedia Commons, dominio público.

La isla Stephens, sin mamíferos que lo cazaran, fue el único lugar donde siguió corriendo. Cuando el gato de Lyall llevó el primero a la casa, la ciencia no estaba conociendo el hogar de este pájaro, sino su último refugio. Fue como encontrar la última brasa de una fogata que se apagó hace siglos y creer que la fogata siempre fue así de pequeña.

Con los chochines de la isla Stephens se acabaron las aves cantoras sin vuelo que conocemos. Hoy quedan quince ejemplares en museos.

Durante mucho tiempo, esta fue la historia de un gato. Pero su protagonista es un pájaro que pesaba lo que medio huevo, que ya había perdido dos islas enteras cuando la ciencia supo de él y que, sin poder volar, todavía corría entre las piedras de la isla que le quedaba cuando se encendió el faro.

Imágenes del chochín de la isla Stephens y de los búhos reidores (John Gerrard Keulemans / Wikimedia Commons, dominio público), de la rata polinesia (Walter Buller / Wikimedia Commons, dominio público) y de la isla Stephens (Herewhy / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

Referencias

Sigue leyendo

  1. Fueron a tomar muestras de morsas muertas en Alaska y entre ellas había una cría viva
  2. Atados a una reja en plena noche: lo que escondía el pelaje de dos potrillos
  3. Watson se sentó a mirar unas palomas en el parque y no hubo forma de llevárselo
  4. Lo abandonaron en un parque de Texas con su cama y su plato de agua, y no se movió de ahí
  5. Lo que un pájaro en migración no ve en las telarañas de Halloween

Conversación

Únete a la conversación

Los comentarios y el formulario se cargan solo cuando abras esta sección.

Mira más historias

Ver la lista completa