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Historias emotivas

La vaca marina de Steller: un gigante de mares helados que se extinguió en 27 años

En 1741 un naturalista náufrago describió una vaca marina de casi siete metros y medio en un mar helado. Veintisiete años después, ya no quedaba ninguna viva.

La vaca marina de Steller: un gigante de mares helados que se extinguió en 27 años

En noviembre de 1741, un naturalista náufrago midió sobre la arena un animal marino de casi siete metros y medio de largo. Era pariente cercano de los manatíes y los dugongos, aunque pastaba entre bosques de algas en un mar que congela los dedos. Veintisiete años después de esa medición, no quedaba un solo ejemplar vivo en ninguna parte del planeta.

No hay en esta historia un misterio sin resolver ni una catástrofe repentina: hay fechas, nombres, y una sola persona de ciencia que alcanzó a verla con vida. Hay, además, una cuenta que alguien terminó de hacer dos siglos y medio más tarde, cuando ya no quedaba nada que deshacer.

Nueve meses varados en una isla sin nombre

El animal era la vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas), y el naturalista que la midió se llamaba Georg Wilhelm Steller. Viajaba en el San Pedro, la nave de la expedición rusa que comandaba Vitus Bering, cuando el barco encalló en una isla sin nombre del mar de Bering. La tripulación quedó varada allí desde noviembre de 1741 hasta agosto de 1742 —nueve meses—, según reconstruye Archives of Natural History. Bering murió en esa misma isla, que hoy lleva su nombre, de acuerdo con el Museo de Historia Natural de Londres.

Steller pasó el invierno describiendo lo que veía desde la orilla: lomos enormes que rompían la superficie entre las algas, animales tan mansos que apenas se apartaban de los botes.

Grabado de un refugio de madera de deriva y lona en una playa ártica sin árboles, con un naturalista del siglo XVIII sentado de espaldas junto al fuego
Así pudo verse el refugio de emergencia donde la tripulación del San Pedro pasó el invierno de 1741 a 1742, mientras Steller documentaba a los animales que veía desde la orilla.

Un dugongo del tamaño de un autobús, en agua helada

Los cuatro sirenios que sobreviven hoy —los manatíes, de tres especies, y el dugongo— habitan aguas tropicales y subtropicales, según el Museo de Historia Natural de Londres. La vaca marina de Steller rompía esa regla: vivía especializada al Pacífico norte subártico y se alimentaba de algas de aguas someras, de acuerdo con la Lista Roja de la UICN. Los adultos de esa población medían unos 750 centímetros y pesaban entre 4.500 y 5.900 kilogramos, según calculan Paul K. Anderson y Daryl P. Domning en la Encyclopedia of Marine Mammals (2009): casi seis toneladas pastando en un mar que no perdona errores de cálculo.

La cacería que empezó antes de que el libro saliera de la imprenta

Cuando por fin arponearon una hembra, esa carne sacó con vida a la tripulación de la isla: comieron de ella hasta que terminaron de armar una barca con los restos del naufragio. Steller anotó lo que vio después, en el relato que se conserva hoy traducido íntegro en la Universidad de Nebraska-Lincoln: el macho de la hembra arponeada volvió junto a ella en la orilla al día siguiente, y también al otro.

De vuelta en el continente corrió la noticia de que había islas llenas de nutrias marinas —y, en ellas, carne fresca con la que abastecer las expediciones—. Entre 1743 y 1763, los cazadores de pieles mataron en promedio 123 vacas marinas al año, y desperdiciaron buena parte de esa carne, según el modelo que publicaron Stuart T. Turvey y Charlotte L. Risley en Biology Letters (2006). Steller no llegó a ver nada de eso: murió de fiebre el 14 de noviembre de 1746, a los treinta y siete años, en Tiumén, camino de San Petersburgo, según registra la Encyclopedia Arctica del Dartmouth College. Su tratado sobre estos animales, De bestiis marinis, se publicó recién en 1751 —cinco años después de su muerte— y sigue siendo la única descripción científica de la especie hecha en vida, de acuerdo con Archives of Natural History. Para cuando el libro llegó a las imprentas, la matanza ya llevaba ocho años en marcha.

La cuenta que nadie hizo hasta 2006

En 1768 mataron la última vaca marina de Steller, apenas 27 años después de que Steller la describiera por primera vez, según coinciden la UICN y el Museo de Historia Natural de Londres. La pregunta de si aquella caza pudo sostenerse sin acabar con la especie quedó sin respuesta formal durante dos siglos y medio.

La respuesta llegó en 2006, cuando Turvey y Risley construyeron un modelo con los registros de caza de las expediciones rusas del siglo XVIII y con datos de historia de vida del dugongo, su pariente vivo más parecido. El resultado: se podían cazar, como máximo, 17 vacas marinas al año sin extinguirlas. Se estaban cazando 123, más de siete veces ese límite, desde el primer año de la matanza. El mismo estudio concluye que ni siquiera hacía falta el colapso paralelo de la caza de nutrias marinas para explicar la extinción: la caza directa de la vaca marina, por sí sola, ya bastaba.

El registro visual más cercano a esos hechos es un dibujo incluido en el mapa que trazaron Sven Waxell y Sofron Khitrov en 1744, hoy conservado como grabado. Nunca existió una cámara que pudiera apuntarle a la vaca marina de Steller.

De un animal de seis toneladas que pastó durante milenios en el Pacífico norte no queda más que unas páginas en latín, escritas por el único hombre de ciencia que lo vio con vida y que murió sin llegar a verlas impresas.

¿Qué animal de los que hoy te parecen «de sobra» crees que estamos dando por infinito, igual que aquellos cazadores daban por infinitas las vacas marinas?

Foto del grabado de la vaca marina de Steller: L’Ouvrière, n.° 26, 17 de diciembre de 1898 (Gallica), dominio público. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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