En los túneles que salen de un dique seco del puerto de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, no hay luz. El piso es resbaladizo y el espacio apenas alcanza para avanzar. Y desde algún punto de esa oscuridad llegaban llamados de focas.
Eran cuatro. Estaban perdidas, encerradas lejos del mar abierto, y no encontraban por dónde salir.
Su historia había empezado a la luz del día, en el V&A Waterfront, un centro comercial y puerto deportivo donde las focas peleteras del Cabo nadan entre los muelles y a veces descansan en plataformas instaladas para ellas.
Una compuerta que se cerró
Un dique seco es una fosa profunda que se inunda y se vacía para que los barcos entren y salgan cuando necesitan mantenimiento. El de esta historia, el dique Sturrock, tenía la compuerta abierta cuando las cuatro focas se metieron a curiosear.
Pasaron entre los trabajadores sin que nadie las notara. Entonces la compuerta se cerró con ellas adentro.
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Cuando alguien por fin las vio, el dique ya estaba lleno de agua y había un barco adentro, en plena obra. El ruido de los trabajos las aterró. Huyeron hacia una serie de túneles que salen del dique y se perdieron en la oscuridad.
Los empleados del dique llamaron al equipo de rescate del Programa de Manejo de Fauna Marina de la Two Oceans Aquarium Foundation.
Esperar en la oscuridad
Primero había que vaciar el dique. Con el fondo ya seco, Martine Viljoen, Abdullah Abrahams y Ayanda Cimani se pusieron cascos y trajes de neopreno y bajaron. Avanzaron con cuidado por el túnel, guiándose solo por los llamados.
«Por fin, al doblar una esquina, vieron a las focas juntas cerca de una válvula, donde el túnel se inclinaba hacia arriba», le contaron desde la fundación a The Dodo.
El equipo ya había sacado focas de diques secos, pero por lo general del piso del dique, no de los túneles. Allá abajo, cualquier intento de capturarlas podía terminar mal.
«Fue una situación muy particular, porque el túnel era oscuro, resbaladizo y angosto: intentar atrapar a una foca ahí habría puesto en peligro tanto a nuestro equipo como a las focas», explicaron. «La mejor forma de rescatarlas era esperar a que salieran por su cuenta».
Entonces la estrategia pasó a ser la paciencia. Durante días, el equipo intentó atraer a las focas atrapadas con grabaciones de llamados de su especie que sonaban por un parlante.
Al tercer día, una hembra sacó la cabeza hacia la luz. El equipo actuó rápido: la atrapó con una red, la subió a una camilla y la llevó a un lugar seguro, donde la revisó por si tenía heridas antes de devolverla al agua.
«La foca se lanzó de inmediato al océano, y enseguida empezó a girar en el agua y a acicalarse: las dos son muy buenas señales de que estaba en buen estado», contaron desde la fundación.
Al sexto día salió otra hembra, y el equipo repitió cada paso antes de liberarla en el puerto. Diez días más tarde, uno de los dos que quedaban, un macho, trepó por su cuenta los muros del dique y volvió al mar abierto.
«Fue quitarnos un peso de encima saber que tres focas ya estaban a salvo en su hogar, el océano, y que solo faltaba una por ayudar», dijeron.
El último en la oscuridad
Quedaba un macho, solo, en los túneles. El día 17 tocaba volver a llenar el dique.
Un rescatista vigiló el proceso para asegurarse de que la foca estuviera bien. Mientras el agua entraba, el animal chapoteaba contento y subía con ella, llevado por la marea.
Cuando la foca llegó arriba, el rescatista la guió a lo largo del muro del puerto. Desde ahí, el macho se dejó caer al océano.
«Todo el equipo sintió un alivio enorme», contaron desde la fundación. «Las cuatro focas volvieron al océano sin lesiones y en buen estado, a pesar de una experiencia estresante de varios días».
En los túneles del dique ya no se oyen llamados. Solo queda la oscuridad, y ya ninguna foca perdida en ella.
Imagen principal: Two Oceans Aquarium Foundation.

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