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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

Los gritos de una bandada y un pichón de cotorra atrapado por una boa invasora

En el bosque de Maricao, una bandada de cotorras puertorriqueñas no dejaba de gritar. En lo alto de un bambú, uno de sus pichones estaba atrapado en los anillos de una boa que no pertenece a la isla.

Los gritos de una bandada y un pichón de cotorra atrapado por una boa invasora

El pichón de cotorra puertorriqueña llevaba apenas un mes fuera del nido cuando su bandada empezó a gritar.

Ocurrió en el Bosque Estatal de Maricao, en el oeste de Puerto Rico. No gritaba un ave sola: era el grupo entero, llamando desde los árboles una y otra vez, con una urgencia que no cedía.

Raúl Correa, biólogo del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos, estaba en ese bosque, no muy lejos de la oficina caribeña donde trabaja. Oyó los llamados y los siguió entre la vegetación.

Lo que buscaba estaba arriba. En lo alto de una caña de bambú, una boa de cola roja tenía al pichón atrapado entre sus anillos.

Una serpiente que no es de aquí

Esa boa no pertenece a la isla. Su especie es originaria de Sudamérica y, según Popular Science, llegó a Puerto Rico en los años noventa con el comercio ilegal de mascotas exóticas.

Un comunicado de 2013 del Servicio Geológico de Estados Unidos recoge que, según funcionarios locales, a comienzos de esa década se liberaron boas recién nacidas en Mayagüez. Desde ese rincón del oeste, la población se fue expandiendo.

En la isla no tiene depredadores naturales que la frenen. Puede pasar de los tres metros y pesar hasta 34 kilos, mucho más que la boa nativa, que ronda los dos metros. Y su avance ya golpea a la fauna local, incluida la cotorra puertorriqueña, en peligro crítico de extinción.

Allá arriba, la boa seguía apretando. No había margen para planear nada ni para pedir ayuda. Correa cortó la caña.

El tallo se vino abajo y la serpiente perdió el equilibrio. «Sin tiempo que perder, Raúl cortó el bambú», escribió el Servicio en Facebook. «La boa aflojó su agarre y el polluelo quedó libre».

Una noche en observación

Libre no quería decir a salvo. El equipo del Servicio mantuvo al pichón una noche en observación para descartar fracturas o lesiones internas.

En esa espera había mucho más que un ave. Hace 500 años, antes de que las plantaciones cubrieran laderas y valles, las cotorras puertorriqueñas sumaban un millón, según el Servicio de Pesca y Vida Silvestre. En 1975 quedaban 13 en libertad.

Es la única cotorra nativa de Estados Unidos y no vive en ningún otro lugar del mundo; los taínos la llamaban iguaca. Para devolverla a sus bosques, se crían cotorras que luego se liberan. En noviembre de 2016, Maricao recibió así su propia población silvestre, la tercera después de las de El Yunque y Río Abajo.

En 2017, los huracanes Irma y María destrozaron su hábitat: algunas murieron por las tormentas; otras, después, de hambre o cazadas por aves rapaces. En 2022, el Servicio soltó 32 cotorras más en Maricao, en tres grupos pequeños a lo largo de siete semanas, y calculaba unas 250 en libertad entre los tres bosques, según su anuncio de ese año.

Maricao está en el oeste, el mismo lado de la isla donde todo indica que empezó la invasión de las boas. «Los humanos fueron responsables de traer este azote a la isla y son la única esperanza para frenar el problema antes de que sea demasiado tarde para las especies nativas», dijo Marcia McNutt, entonces directora del Servicio Geológico, en aquel comunicado.

Cuando terminó la espera

La noche pasó sin malas noticias. El pichón no tenía lesiones duraderas, según Popular Science, y el equipo lo dejó ir.

Abrió las alas y se elevó enseguida para reunirse con la bandada que había gritado por él.

«Una noche de observación después, este pequeño sobreviviente, con apenas un mes fuera del nido, estaba de vuelta en el bosque, volando otra vez con su bandada», escribió el Servicio en su publicación.

Publicación de Facebook

Las boas siguen en la isla. En una especie que llegó a tener solo 13 aves libres, cada cotorra pesa. Esta vez, en Maricao, la cuenta no bajó: el pichón por el que gritó una bandada entera volvió a volar entre los suyos.

Imagen principal: U.S. Fish and Wildlife Service.

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