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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

El club alpino que rechazó a las mujeres durante un siglo, pero admitió a una perra

Tschingel recorrió glaciares, aristas y collados hasta la cumbre del Mont Blanc. El club de montañistas más prestigioso de su época la hizo miembro honorario, mientras le cerraba la puerta a todas las mujeres.

El club alpino que rechazó a las mujeres durante un siglo, pero admitió a una perra

Durante un siglo, el Alpine Club, con sede en Londres y considerado el club de montañistas más prestigioso de su época, le cerró la puerta a todas las mujeres. No importaba cuántos glaciares hubieran cruzado ni qué cumbres hubieran pisado: no podían ser socias.

Esa misma puerta, sin embargo, se abrió para una alpinista muy particular. Había recorrido glaciares, aristas y collados durante años, y el club la nombró miembro honorario. Se llamaba Tschingel y era una perra.

Un regalo para consolar una retirada en el Eiger

Su historia con la cordada empezó con una derrota. En 1868, el guía suizo Christian Almer y un joven estadounidense de unos 18 años, William A. B. Coolidge, tuvieron que darse la vuelta en el Eiger: una capa de hielo sobre la roca les cerró el paso. Para suavizar la decepción del muchacho, Almer le regaló su perra. Así lo cuenta la reseña del American Alpine Journal sobre An Eccentric in the Alps, la biografía que R. W. Clark publicó en 1959 sobre Coolidge, quien con los años sería reverendo y uno de los grandes alpinistas de la era victoriana.

Esa reseña la llama simplemente beagle; otros relatos la describen como una mestiza con sangre de beagle. Su nombre también salió de la montaña: según Paula Wright, en un artículo para la revista Alpinist, la perra se llamaba así por uno de los pasos glaciares que cruzó al comienzo de su vida alpina, el Tschingel, en el Oberland bernés, en Suiza.

La cordada de la tía Meta

Coolidge no escalaba solo. Quien lo había iniciado en la montaña era su tía, Marguerite «Meta» Claudia Brevoort (1825-1876), también estadounidense y una alpinista audaz en tiempos en que las cumbres se consideraban territorio de hombres. La misma reseña del American Alpine Journal recuerda que Brevoort subió al Mont Blanc en 1865, a los 40 años, y que en la cima bailó una cuadrilla.

Con Tschingel, tía y sobrino formaron un equipo de escalada al que se sumaban los guías Christian y Ulrich Almer. Todos aparecen en una foto de grupo de hacia 1874 que lleva un título revelador: «The Tschingel Company», la compañía de Tschingel. La perra no figura como simple acompañante: es ella quien le da nombre al retrato.

Fotografía de época de un grupo de alpinistas con la perra Tschingel: Christian y Ulrich Almer, Meta Brevoort y William A. B. Coolidge
«The Tschingel Company», hacia 1874: los guías Christian y Ulrich Almer, Meta Brevoort, William A. B. Coolidge y la perra Tschingel. Foto: autor desconocido, Wikimedia Commons, dominio público.

Treinta y seis cumbres y treinta pasos

Durante años, la perra alpinista siguió a los suyos por glaciares, aristas y collados. La reseña del American Alpine Journal le atribuye 66 grandes recorridos de alta montaña y 11 primeras ascensiones. El desglose completo está en el artículo que el mismo American Alpine Journal dedicó en 1936 a los perros montañeros: citando al propio Coolidge, la cifra se reparte en 36 cumbres y 30 pasos.

Grabado en tinta negra de pequeñas huellas de perro junto a las de botas de montaña con clavos, subiendo por una arista nevada, junto a una cuerda de cáñamo enrollada
Huellas de perro junto a las de botas de clavos en una arista nevada, al estilo de la prensa ilustrada del siglo XIX: así se suman 66 recorridos, paso a paso.

¿Cuáles fueron esas once primeras ascensiones? Las fuentes disponibles no las enumeran una por una. Pero entre todas sus cumbres hay una que la historia recuerda por encima de las demás.

Arriba del Mont Blanc, en 1875

En 1875, Tschingel alcanzó la cumbre del Mont Blanc. Diez años antes, Meta Brevoort había bailado allí arriba; ahora era la perra de la cordada la que llegaba a esa misma cima. Wright lo registra en Alpinist como «la primera ascensión canina» del Mont Blanc.

Escena en tono sepia, con aspecto de fotografía antigua, de una arista nevada cerca de la cumbre del Mont Blanc
La arista final del Mont Blanc, evocada al estilo de las placas fotográficas de los años 1870: hasta esa altura subió Tschingel en 1875.

Ese récord, sin embargo, merece un asterisco. El artículo de 1936 cuenta que el perro de Sylvain Couttet, quien estuvo a cargo del refugio de los Grands Mulets entre 1866 y 1880, llegó a la cumbre del Mont Blanc «más de una vez», sin precisar cuándo. Que Tschingel haya sido la primera es lo que suele repetirse, pero no está probado.

La dama admitida y la que se quedó afuera

¿Cómo se convirtió una perra en miembro del Alpine Club? Según Wright, en 1875 fue elegida miembro honorario, y la propia Meta Brevoort la llamó «la primera dama jamás admitida en ese selecto grupo». Otras versiones, menos sólidas, hablan de un gesto informal: unos socios con los que la cordada se cruzó al bajar del Monte Rosa, cerca del Riffelberg, en Zermatt, la habrían proclamado miembro por aclamación en 1868 o 1869. Las fuentes disponibles no citan ningún registro oficial del club que confirme la forma ni la fecha del nombramiento.

Grabado de una alpinista de los años 1870 con falda larga de lana, chaqueta ajustada y botas de clavos, subiendo por un paso glaciar nevado en los Alpes suizos
Una alpinista de los años 1870, con falda larga de lana y botas de clavos, en un paso glaciar suizo: la montaña las recibía, aunque el Alpine Club no las aceptara como socias.

Y aquí está la ironía que duele. Meta Brevoort, que había compartido caminos y cumbres con Tschingel, nunca pudo ser socia. Como escribe Wright, Brevoort no pudo acompañar a su compañera canina en esa distinción porque el club no admitía mujeres. Murió en 1876, al año siguiente de aquel Mont Blanc.

La puerta tardó un siglo en abrirse. Según Alpinist, el Alpine Club no admitió mujeres hasta 1975, una fecha que también recoge el blog de la biblioteca del Royal College of Surgeons of England: cien años después de que Tschingel, según esa misma revista, recibiera su distinción.

La montaña nunca preguntó quién merecía estar allí, y Tschingel tampoco: simplemente siguió a los suyos cuesta arriba, paso a paso, sin pedir permiso. Quizás por eso su historia nos toca tan hondo. Sin proponérselo, una perra dejó en evidencia una puerta que los humanos insistieron en mantener cerrada durante cien años, y nos recuerda que el valor nunca tuvo género, ni especie.

¿Tu perro te ha acompañado en alguna caminata o aventura que nunca olvidarás? Cuéntanos hasta dónde llegaron juntos.


Foto de la «Tschingel Company» (hacia 1874): autor desconocido, Wikimedia Commons, dominio público. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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