Una zarigüeya joven quedó tendida sobre una carretera de Virginia, en Estados Unidos, con la mandíbula fracturada. Todo indica que la había golpeado un vehículo.
Pero el hueso roto no era su única herida. El impacto también le había alcanzado la cabeza. No lograba avanzar en línea recta. Giraba en círculos sobre sí misma y luego se quedaba quieta, con la cabeza levantada y la mirada fija hacia arriba, como si buscara algo en el cielo.
La organización de rescate AERO la recogió y la trasladó al Blue Ridge Wildlife Center, un hospital de fauna silvestre. Allí el equipo veterinario le puso nombre a lo que el animal mostraba: una fractura de mandíbula y un traumatismo craneoencefálico que le estaba causando problemas neurológicos.
Y de inmediato surgió un dilema. Una mandíbula rota necesita quietud para soldar. Y una zarigüeya necesita esa misma mandíbula para comer.
Comer sin abrir la boca
Poco después de que llegara, el equipo la operó para estabilizar el hueso. Después le colocó una sonda nasogástrica: un tubo que entra por las fosas nasales y baja hasta la parte inferior del esófago.
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Por ese camino el alimento llega directo, sin pasar por la boca. Así, durante los primeros días de curación, la mandíbula no tiene que moverse.
La solución tenía un punto débil. Las zarigüeyas tienen manos delanteras ágiles y curiosas, y un tubo metido en la nariz incomoda. Tarde o temprano intentaría arrancárselo.
Un vaso que no es basura
Entonces el equipo improvisó. Tomó un vaso desechable de plástico rojo y lo adaptó alrededor del cuello y la cara de la zarigüeya. Así armó un collar isabelino casero, diseñado especialmente para una zarigüeya: un escudo que deja la sonda fuera del alcance de sus manos.
Si ves la imagen de lejos, parece otra cosa. A ese hospital llegan a menudo animales lastimados por basura. Por eso el equipo aclaró en Facebook que este vaso no le está causando ninguna herida. Está ahí para proteger la sonda de unas «frustradas manos de zarigüeya».
Con la sonda a salvo, el hueso podía empezar a sanar. Faltaba la otra herida, la que no se ve.
La mirada hacia arriba
Hoy la zarigüeya descansa tranquila. Recibe analgésicos potentes y se alimenta con una dieta líquida mientras la mandíbula se recupera.
El equipo espera que, a medida que el hueso sane, los problemas neurológicos desaparezcan por completo: que se acaben los giros y esa mirada clavada en lo alto. Pero también sabe que el camino será largo.
La misma zarigüeya que daba vueltas sobre el asfalto, con los ojos fijos en el cielo, ahora reposa con un vaso rojo alrededor del cuello. Junto a cualquier carretera, ese vaso sería basura. Esta vez protege lo único que la alimenta, mientras su cuerpo intenta recuperar el rumbo.
Imagen principal: Blue Ridge Wildlife Center.

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