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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

Un felino que pesa menos que una bolsa de azúcar y falla menos que un león

Pesa menos de dos kilos y sale a cazar de noche aunque hiele. En la reserva de Benfontein, en Sudáfrica, unos biólogos lo siguieron de cerca para contar cuántas de sus cacerías terminan en una presa.

Un felino que pesa menos que una bolsa de azúcar y falla menos que un león

Un gato de patas negras pesa, en promedio, menos que una bolsa de azúcar de dos kilos. Aun así, es capaz de sentarse en plena noche de invierno frente a la entrada de una madriguera y no moverse. Abajo hay un roedor. Afuera hace el frío que congela los charcos, y el gato sigue ahí, con sus orejas y sus ojos grandes vueltos hacia el agujero.

Si la espera termina con una presa, será apenas la primera comida de una noche larga. Si termina en nada, se queda sin comer y tiene que empezar otra vez. Unos biólogos quisieron saber cuántas veces pasa lo uno y cuántas lo otro. Para averiguarlo, tuvieron que seguirlo de cerca en la oscuridad.

Gato de patas negras sentado sobre un tronco, mirando a la cámara con sus grandes ojos verdes
Un gato de patas negras sentado sobre un tronco, con sus grandes ojos verdes fijos en la cámara. Foto: Poke2001 / Wikimedia Commons, CC BY 3.0.

Un collar del peso de un huevo

La reserva se llama Benfontein y está a poca distancia en auto de Kimberley, en Sudáfrica. Desde 1992, en la zona, los biólogos observan gatos de patas negras, el felino más pequeño de África, durante la noche, que es cuando cazan.

Para no perderles el rastro, les ponían un collar de radio de 50 gramos, más o menos lo que pesa un huevo de gallina. Con una antena receptora en la mano sabían hacia dónde iba cada gato, aunque la hierba lo tapara.

Mano enguantada que sostiene de noche un collar de radio diminuto, con su transmisor y su antena, sobre hierba cubierta de escarcha
Un collar de radio apenas cubre dos dedos de una mano enguantada. Con collares así, de 50 gramos, los biólogos seguían a cada gato en la oscuridad.

Después venía lo difícil: acercarse. Lo seguían a entre 10 y 30 metros, una distancia que va del largo de un autobús al de una cancha de básquetbol. Y salían con cualquier clima, porque el gato también salía con cualquier clima: lo mismo con 28 grados que en las noches que bajan de cero.

Una hora frente a un agujero

Lo primero que el gato les mostró fue su quietud. Llegaba a la entrada de una madriguera, se acomodaba y esperaba a que el roedor de adentro se asomara. Podía quedarse así hasta una hora.

Pero esa no era su única manera de cazar. Otras veces avanzaba despacio entre la hierba, con el cuerpo ondulando de un lado a otro, a menos de un kilómetro por hora. A ese paso, cruzar una cancha de fútbol le tomaría más de seis minutos.

Gato de patas negras bajando con sigilo de una roca, en la penumbra
Un gato de patas negras baja sigiloso de una roca, en penumbra. Foto: Charles Barilleaux / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Y había una tercera forma, la opuesta. El gato recorría el terreno a saltos rápidos para que las presas escondidas salieran de su refugio. Entonces se lanzaba sobre ellas con un brinco que podía alcanzar el metro y medio.

Cuando atrapaba una, volvía a empezar. Los biólogos lo vieron repetir ese ciclo hora tras hora, hasta la madrugada.

Una presa cada cincuenta minutos

Siguiendo a cuatro gatos, los biólogos fueron anotando cada presa. La cuenta marcó un ritmo: más o menos un roedor o un ave pequeña cada cincuenta minutos.

Al final de una noche normal, un adulto había cazado entre 10 y 14. No era glotonería. Y es que este gato puede comer en una sola noche hasta una quinta parte de su peso. Es como si una persona de 60 kilos se comiera 12 kilos de comida antes del amanecer.

Para juntar tantas presas, tenía que intentarlo una y otra vez. Así que los biólogos anotaban también lo que no aparecía en el menú de la noche: las presas que se le escapaban.

Los saltos que fallan

Contar lo que un cazador atrapa es una cosa. Contar lo que se le escapa obliga a estar ahí en cada intento: en cada espera que termina sin nada, en cada brinco que cae sobre la hierba vacía. Para eso servían esos 10 a 30 metros de distancia, noche tras noche.

Gato de patas negras agazapado y pegado al suelo, con la mirada fija al frente
Un gato de patas negras agazapado y pegado al suelo, con la mirada fija al frente. Foto: Charles Barilleaux / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Al lado de esas cuentas conviene poner las del león. Con toda su fuerza, y a veces cazando en grupo, falla la mayoría de las veces. Atrapa su presa más o menos en una de cada cuatro cacerías.

Las cuentas del gato de patas negras salieron muy distintas. En 1997, cinco años después de las primeras observaciones con collar cerca de Kimberley, los investigadores Olbricht y Sliwa publicaron la cifra: hasta seis de cada diez cacerías terminaban en una presa. Es el mayor éxito de caza registrado en un felino.

Puesto en una escena, se ve así. Si un león y este gato salieran a cazar diez veces cada uno, el león volvería con dos o tres presas. El gato, con hasta seis.

Hoy, más de tres décadas después de 1992, en Benfontein todavía hay gatos de patas negras con collar de radio. Y ya no solo los siguen los biólogos: quien visita la reserva puede pasar una noche rastreándolos.

Esta noche, frente a alguna madriguera de Benfontein, un gato de patas negras volverá a quedarse quieto. Abajo habrá un roedor. Arriba, menos de dos kilos de paciencia, sin rugido y sin manada. Ahora se sabe cuántas veces esa espera termina a su favor.

Fotos de un gato de patas negras sobre un tronco (Poke2001 / Wikimedia Commons, CC BY 3.0) y de gatos de patas negras bajando de una roca y agazapado (Charles Barilleaux / Wikimedia Commons, CC BY 2.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

Referencias

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