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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

A más de 3.000 km de la Antártida, un pingüino emperador tragaba arena esperando que se derritiera como la nieve

En junio de 2011, un pingüino emperador joven salió del mar en Peka Peka, Nueva Zelanda, y empezó a tragar arena como si fuera nieve. Salvarle la vida fue solo la primera parte: después había que devolverlo a su mundo.

A más de 3.000 km de la Antártida, un pingüino emperador tragaba arena esperando que se derritiera como la nieve

El pingüino emperador vive sobre el hielo de la Antártida y caza en un mar a punto de congelarse. El joven que salió del agua en Peka Peka, una playa de Nueva Zelanda, estaba en un lugar donde nada de lo que sabía le servía. Ni siquiera para algo tan simple como calmar la sed.

Lo que hizo para calmarla empezó a matarlo. Y salvarle la vida iba a ser solo la primera parte: la otra era devolverlo a su mundo y saber si conseguía llegar.

Cuatro días en la arena

Llegó el 20 de junio de 2011, a más de 3.000 kilómetros de la Antártida. Al día siguiente, Colin Miskelly, curador del museo Te Papa, lo identificó: era un pingüino emperador de unos tres años y medio.

Pingüino emperador joven de pie sobre la arena de la playa de Peka Peka, en Nueva Zelanda
El joven pingüino emperador en la playa de Peka Peka, el 22 de junio de 2011, dos días después de salir del agua. Foto: mattward / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Solo una vez antes había llegado uno de su especie a Nueva Zelanda. Fue en 1967, a la playa Oreti, cerca de Invercargill, y pasó casi sin que nadie lo notara.

En los días siguientes lo vieron llevarse arena húmeda al pico y tragarla. También se tragó trozos de madera que el mar había dejado en la orilla.

Y es que, en el hielo, la nieve es el agua de un pingüino emperador: la come para hidratarse y refrescarse. Miskelly lo explicó así: el joven tragaba arena húmeda esperando que se derritiera como la nieve.

Pingüino emperador joven con la cara metida en la nieve, en la Antártida
Un pingüino emperador joven hunde la cara en la nieve de la Antártida: allí, la nieve es su agua. Foto: Ian Duffy / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Mojada, la arena podía pasar por nieve. La diferencia llegaba adentro. La nieve se derrite y se vuelve agua; la arena se queda, grano a grano, y se va juntando como en el fondo de un reloj de arena.

Una sala llena de hielo

El 24 de junio, el pingüino empeoró. Ese mismo día lo sacaron de la playa en una caja refrigerada, rodeado de unas dos docenas de bolsas de hielo, rumbo al zoológico de Wellington.

Las radiografías mostraron lo que llevaba adentro: masas de arena. Lo instalaron en una sala pequeña con aire acondicionado y llena de hielo, un pedazo de Antártida entre cuatro paredes.

Lo atendieron veterinarios del zoológico y de la Universidad Massey. No lo abrieron: tres días después, con anestesia, empezaron a sacarle la arena por donde había entrado, por el pico.

Varias veces le bajaron por la garganta un tubo delgado con una cámara en la punta y le lavaron el estómago con agua, como quien enjuaga una botella llena de barro. En una de esas sesiones salió medio kilo de arena: más o menos lo que cabe en las dos manos juntas.

Bandeja de acero inoxidable con un montón de arena húmeda de playa sobre una mesa metálica, junto a una mano con guante
Medio kilo de arena húmeda, lo que cabe en las dos manos juntas: esa cantidad salió del estómago del pingüino en una sola sesión de lavado.

Dos meses frente a una cámara

Pocos días después, instalaron en su sala una cámara conectada a internet. El pingüino de 1967 había pasado casi sin testigos; a este lo miraron más de 120.000 personas, en Nueva Zelanda y en otros países.

Lo apodaron «Happy Feet», como la película animada.

Pero nadie pensaba quedarse con él. Desde el principio, el plan era devolverlo al mar y seguirlo con un rastreador en su camino hacia las colonias de pingüinos de la Antártida.

Pasó unos dos meses en el zoológico. Para el regreso, le pegaron con superpegamento, a las plumas de la parte baja de la espalda, un transmisor satelital del tamaño de un celular pequeño, y lo aseguraron con bridas. Estaba hecho para soltarse solo cuando el pingüino mudara las plumas.

Un tobogán en la popa

A fines de agosto, el buque de investigación Tangaroa salió de Wellington con Happy Feet a bordo y puso rumbo al océano Austral.

El 4 de septiembre de 2011, a las diez y media de la mañana, el barco estaba al norte de la isla Campbell. El mar venía demasiado agitado para bajarlo en un bote inflable, así que le hicieron un tobogán de agua sobre la rampa de popa, la parte trasera del barco que baja hasta el mar.

Lo bajaron por ese tobogán y Happy Feet entró en el océano Austral. Desde ese instante, de él solo quedaba al alcance de las personas una señal.

Cinco días de señal

Desde el agua, el transmisor empezó a enviarla al satélite. Cada vez que llegaba, Happy Feet seguía teniendo un lugar en el mapa.

La señal llegó durante cinco días. El 9 de septiembre, a las 8:12 de la mañana, hora de Nueva Zelanda, entró una más, registrada con la hora exacta hasta el segundo. Después de esa, no hubo otra.

Kevin Lay, de Sirtrack, la empresa que fabricó el transmisor, dijo que su equipo creía que el escenario más probable era que el aparato se hubiera desprendido. Iba pegado a las plumas, no a la piel.

Hubo otras posibilidades: que el aparato fallara, que el pingüino muriera por causas naturales o que lo cazara una orca o una foca leopardo. Ninguna se podía comprobar.

Miskelly, el mismo que lo había identificado en Peka Peka, escribió que era poco probable llegar a saber por qué se habían cortado las transmisiones. No se supo. El viaje que el rastreador debía mostrar hasta las colonias quedó en sus primeros cinco días.

Grupo de pingüinos emperador jóvenes sobre el hielo, con el paisaje antártico detrás
Una colonia de pingüinos emperador jóvenes sobre el hielo de la Antártida: el destino que el rastreador nunca llegó a mostrar. Foto: Ian Duffy / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

En Peka Peka, un pingüino emperador tragó arena esperando que se volviera agua. Al norte de la isla Campbell, el mar donde lo soltaron lleva hacia la nieve verdadera, la que se deshace en el pico. Ahí dejó de ser Happy Feet, el que miraban por internet, para volver a ser un emperador más. Si llegó a las colonias, lo hizo como llegan los de su especie: sin que nadie lo estuviera mirando.

Fotos de Happy Feet en la playa de Peka Peka (mattward / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0) y de pingüinos emperador en la Antártida (Ian Duffy / Wikimedia Commons, CC BY 2.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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