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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

Una cotorra de 11 meses que solo repetía frases y las dos palabras que gritó mientras una niña se ahogaba

Willie, una cotorra monje de 11 meses, solo repetía frases que había oído. Una mañana de 2008, en Denver, mientras una niña de 2 años se ahogaba, gritó dos palabras que hicieron volver corriendo a su dueña.

Una cotorra de 11 meses que solo repetía frases y las dos palabras que gritó mientras una niña se ahogaba

Willie, una cotorra de 11 meses, hablaba con frases prestadas. «Quiero salir», repetía en el departamento de Denver, en Estados Unidos, donde vivía. «Ven aquí». «Dame un beso». Eran palabras oídas y devueltas tal cual, como un eco con plumas.

Una mañana de noviembre de 2008, en ese departamento, una niña de 2 años se quedó sin aire. Y para avisarlo, a Willie no le servía ninguna de esas frases.

Cotorra monje posada en unas ramas secas contra un cielo azul intenso
Una cotorra monje, la misma especie que Willie, posada en unas ramas secas. Foto: Charles J. Sharp / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Una colonia de tres personas

Willie vivía con Megan Howard, su dueña, y con las dos personas con las que ella compartía el departamento: Samantha Kuusk y Hannah, la hija de Kuusk, de 2 años.

La especie de Willie es la cotorra monje, a la que muchos llaman cotorra argentina. En el centro de Sudamérica, en lugares como Argentina y Uruguay, estas cotorras hacen lo que ningún otro loro: construyen entre todas nidos de ramitas tan grandes que tienen varias cámaras, como edificios de departamentos hechos de palitos. Varios de esos nidos juntos forman una colonia.

Gran nido comunal de ramitas de cotorras monje colgado entre ramas de otoño, visto desde abajo
Un nido comunal de cotorras monje, hecho de ramitas y colgado entre las ramas de un árbol, visto desde abajo. Foto: Elke Brüser / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

La colonia de Willie era otra: tres personas en un departamento de Denver. Ahí, la mamá de Hannah era Kuusk. Pero para Willie, «Mamá» era Howard: así la llamaba.

Rascacielos del centro de Denver detrás de un parque verde, con montañas al fondo
Los rascacielos de Denver, en Estados Unidos, detrás de un parque, con las montañas al fondo. Foto: David Herrera / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Un pastelito demasiado caliente

Esa mañana de noviembre, Howard estaba a cargo de Hannah. Le tostó un pastelito para el desayuno, pero salió tan caliente que todavía no se lo podía dar. Lo dejó sobre la mesa del comedor, para que se enfriara.

La niña no se quedó a esperarlo: se fue a la sala a ver televisión.

Con el pastelito enfriándose en el comedor y Hannah frente a la pantalla, era una mañana como cualquier otra. Entonces Howard se fue un momento al baño.

«¡Mamá, bebé!»

Desde el baño, Howard oyó los chillidos.

«¡Mamá, bebé! ¡Mamá, bebé!» Willie lo gritaba una y otra vez, y aleteaba. Esta vez no decía «Quiero salir» ni «Dame un beso». La primera palabra era ella.

Howard volvió corriendo. Encontró a Hannah ahogándose con el pastelito, y la niña ya se estaba poniendo morada.

En ese momento no había tiempo para pensar en lo que Willie había dicho. Howard le hizo la maniobra de Heimlich.

Y Hannah volvió a respirar.

Un desayuno de campeones

Unos meses después, un viernes de marzo de 2009, la Cruz Roja de Denver celebró su Desayuno de Campeones. Entre los invitados estaban el gobernador de Colorado, Bill Ritter, y el alcalde de Denver, John Hickenlooper.

Otra mesa, otro desayuno. Y esta vez, el premio de la Cruz Roja a un animal que salva vidas fue para Willie.

Howard había hecho la maniobra con sus propias manos. Aun así, no se quedó con el mérito: «El verdadero héroe es Willie», dijo.

Y de aquella mañana, a Howard la había impresionado un detalle más que todos los demás. No estaba en los chillidos ni en el aleteo. Estaba en las palabras.

«Mamá» no tenía misterio: así la llamaba Willie. «Bebé», en cambio, Howard nunca se lo había oído.

Willie tenía su repertorio: «Quiero salir», «Ven aquí», «Dame un beso». Frases enteras, aprendidas de oído y devueltas sin cambiarles nada. Pero esa mañana, con Hannah quedándose sin aire, no recitó ninguna. Tomó el nombre que tenía para Howard y le agregó, por su cuenta, una palabra que ella no le conocía.

Una palabra decía a quién llamaba. La otra, por quién.

Repetir y hacer eso son cosas tan distintas como recitar las frases de una guía para turistas y, en plena emergencia, armar por primera vez una frase propia para pedir ayuda. Willie dio ese paso en el rato que Howard pasó en el baño, antes de cumplir un año.

Cotorra monje en vuelo con una ramita en el pico y las alas abiertas sobre un cielo azul
Una cotorra monje vuela con una ramita en el pico, el material con el que se arman los nidos de la colonia. Foto: Charles J. Sharp / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

En Sudamérica, las cotorras como Willie levantan su casa entre todas, ramita por ramita. Lejos de allí, en un departamento de Denver, Willie levantó su aviso de la misma manera: una palabra junto a otra, una y otra vez, hasta que «Mamá» volvió corriendo.


Fotos de cotorras monje (Charles J. Sharp / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0), de un nido de cotorras monje (Elke Brüser / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0) y de Denver (David Herrera / Wikimedia Commons, CC BY 2.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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