Fueron a tomar muestras de morsas muertas en Alaska y entre ellas había una cría viva
Una tormenta dejó a una cría de morsa del Pacífico sola entre dos cadáveres en una playa de Alaska. Dos investigadores que tomaban muestras estaban a punto de cruzarse con ella.

Una cría de morsa del Pacífico se escondía entre los cuerpos de dos morsas adultas, en una playa de Alaska azotada por una tormenta.
El temporal había empujado a la manada lejos de esa costa. La cría quedó atrás, huérfana y sola.
Lo que sí tenía cerca eran gaviotas. Y ya habían empezado a picotearla.
Mientras tanto, dos personas recorrían esa misma arena. No buscaban crías: habían ido por las morsas muertas.
Muestras en la arena
Eran Tony Fischbach, biólogo del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), y Violet Anniskett, una joven practicante iñupiaq. Tomaban muestras de los cadáveres para medir los niveles de toxinas de algas nocivas en las morsas del Pacífico.
Violet conocía a estos animales de toda la vida. Creció cerca de sus manadas y se sumó por primera vez a los recorridos del USGS en una salida de campo con su clase de secundaria.
Ese septiembre había vuelto, ahora como parte del equipo, para ganar experiencia profesional con la fauna que está en el centro de la cultura iñupiaq.
Fue ella quien la vio. Entre dos de los cuerpos que habían ido a muestrear, la cría seguía viva.
Rescatarla no dependía solo de ellos. Necesitaban el visto bueno del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos y de la comunidad iñupiaq del lugar, y lo obtuvieron de ambos.
Pero la tormenta no amainaba, y el refugio más cercano quedaba a unos 800 metros.
Casi cuatro días en el refugio
Primero espantaron a las gaviotas. Después caminaron con el pequeño esos 800 metros hasta un edificio abandonado, abierto a la intemperie.
Ahí lo cuidaron durante casi cuatro días. Afuera seguía el temporal, y en esa costa había otro peligro: los osos polares. Violet y Tony lo protegieron de ellos todo ese tiempo.
Por una ventana del refugio, el pequeño miraba hacia afuera. Violet descansaba junto a él.
Esperaban una sola cosa: que la tormenta pasara para que un equipo de rescate local pudiera cruzar la laguna en bote.
Al otro lado de la laguna
Cuando la tormenta por fin pasó, el equipo de rescate cruzó la laguna con el pequeño a bordo. Desde ahí, técnicos veterinarios del Alaska SeaLife Center lo acomodaron en una caja de transporte y lo subieron a una avioneta rumbo a su rehabilitación.
Violet hizo el viaje con él. Quería que el cambio le resultara menos brusco.
Terminada la rehabilitación, se mudó a su hogar definitivo. Ahí ayudará a que la gente conozca a las morsas, el lazo que las une con los pueblos de Alaska y un mar que está cambiando.
Desde el principio, la comunidad de Violet había aceptado el rescate con una condición: el nombre se lo pondrían ellos, para seguir unidos a él.
Violet eligió Annautaq, una palabra iñupiaq que significa «hacha». La escogió en honor al nombre iñupiaq de su padre.
La tormenta se llevó a su manada y lo dejó escondido entre dos cuerpos, con las gaviotas encima. Hoy, lejos de esa playa, lleva un nombre que lo mantiene unido a la gente de esa costa.
Imagen principal: U.S. Geological Survey (USGS).
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