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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

Más de mil aves cayeron tras unos fuegos artificiales: ahora se discute cuánto ruido es demasiado

Más de mil aves murieron en Bulgaria a poco más de un kilómetro de unos fuegos artificiales. En el Reino Unido, una organización pide recortar el límite de ruido mucho más de lo que propone el gobierno.

Más de mil aves cayeron tras unos fuegos artificiales: ahora se discute cuánto ruido es demasiado

Más de mil aves quedaron en el suelo junto a un sendero de Bulgaria. Era el primer día de 2025 y ninguna seguía con vida.

La explicación estaba a poco más de un kilómetro. Allí alguien había encendido fuegos artificiales, y las aves, en pánico, se estrellaron contra los árboles y unas contra otras.

Un kilómetro parece mucha distancia para un estallido. Para un ave, no lo es.

Un estruendo que viaja lejos

Y es que el ruido no se queda donde estalla. «Un fuego artificial potente puede llegar más lejos de lo que uno imagina: hasta 10 kilómetros», explicó Richard Parr, director del Centro para el Bienestar de los Animales Silvestres (CWAW), en declaraciones que recogió The Guardian.

Mucha gente conoce el miedo de las mascotas a los estallidos, según Parr, pero pocos saben cómo afectan a la fauna silvestre. «No hay ninguna razón para suponer que a los animales silvestres los afecte menos que a las mascotas», afirmó. «Incluso podría ser peor, porque es algo completamente antinatural».

Sus ritmos de vida se interrumpen de golpe y sin aviso, agregó. Y sobre las presas, que evolucionaron para vivir alerta, fue directo: «Estas explosiones aleatorias, que llegan sin anunciarse, son aterradoras».

Rebecca Machin, experta en fauna silvestre de la RSPCA, coincide: «Los fuegos artificiales y sus restos pueden perturbar a muchos animales silvestres, sobre todo a las aves». Según la distancia y el volumen, explicó, alteran migraciones, elevan las hormonas del estrés y dejan restos peligrosos.

Entonces, ¿cuánto ruido debería permitirse?

La cuenta de los decibeles

En enero, el ruido de los fuegos artificiales llegó a un debate del Parlamento británico, con dos peticiones de más de 180.000 firmas cada una.

Después, el gobierno puso en consulta bajar el tope de los fuegos de venta al público de 120 a 110 decibeles, lo que reduciría su volumen más o menos a la mitad.

Para el CWAW, no alcanza. Pide 90 decibeles, cerca de un octavo del volumen que permite el límite actual. «Como los decibeles funcionan en una escala logarítmica, cada recorte de 10 decibeles reduce diez veces el área afectada por el ruido», precisó Parr.

Hecha la cuenta, pasar de 110 a 90 reduciría unas cien veces la superficie que perturba cada estallido. Según el CWAW, eso ayudaría a proteger del estrés agudo a millones de animales silvestres.

La propia consulta recogió una preocupación: como un límite de 90 es difícil de definir con precisión en una ley, el sistema de pruebas de ruido podría prestarse a trampas.

La Asociación Británica de Fuegos Artificiales dijo tomarse en serio los reportes sobre aves y otros animales perturbados por el ruido. Pero fue clara: «No creemos que se hayan presentado argumentos suficientes para bajar el límite a 90 decibeles».

Advirtió que la gente podría pasarse a los fuegos ilegales. Su apuesta es aplicar mejor las normas que ya existen, junto con una campaña nacional por un uso seguro y considerado.

Al otro lado del mundo

Mientras el Reino Unido discute entre 110 y 90, hay un país que ya eligió. En 2008, Nueva Zelanda fijó en 90 decibeles el máximo de los fuegos artificiales para el público.

También acortó los días de venta y subió de 14 a 18 años la edad mínima para comprar.

Junto a aquel sendero de Bulgaria, poco más de un kilómetro bastó para dejar a más de mil aves en el suelo. En el Reino Unido, la discusión se mide ahora en decibeles, y cada diez que se recortan encogen diez veces el territorio del que un ave tendría que huir.

Imagen principal: imagen ilustrativa.

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