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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

La zorra ártica de menos de un año que caminó sobre el mar congelado hasta otro continente

Con menos de un año y un collar satelital al cuello, una zorra ártica dejó la costa de Svalbard y echó a andar sobre el mar congelado. Los científicos que la seguían por satélite tardaron en creer el rumbo que dibujaba su señal.

La zorra ártica de menos de un año que caminó sobre el mar congelado hasta otro continente

Una zorra ártica de menos de un año avanzaba sobre el océano. Bajo sus patas no había tierra, sino mar convertido en hielo, blanco y plano hasta el horizonte. Iba sola, y la costa de Svalbard, la única que había conocido, quedaba cada vez más atrás.

Llevaba al cuello un transmisor que pesaba poco más que una barra de jabón. Gracias a él, un equipo de científicos vio dibujarse, punto por punto, un rumbo que al principio no pudo creer.

Zorro ártico de pelaje oscuro caminando sobre una tundra rocosa con líquenes en Svalbard
Un zorro ártico de pelaje oscuro camina sobre la tundra rocosa de Svalbard, cubierta de líquenes. Foto: Christoph Strässler / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.

Un collar junto al glaciar

Todo empezó el 29 de julio de 2017, en el fiordo Krossfjorden, en el noroeste de Spitsbergen, una isla del archipiélago noruego de Svalbard. Frente a un glaciar, el equipo de Eva Fuglei, del Instituto Polar Noruego, capturó a una hembra, probablemente cerca de la madriguera donde había nacido.

Por el desgaste de sus dientes supieron que era joven. Le pusieron un collar con un transmisor satelital y la liberaron. Desde entonces, un satélite recogía la señal del aparato y la convertía en un punto sobre el mapa.

Zorra ártica joven de pelaje gris oscuro, con un collar satelital naranja y una antena blanca, trotando por la orilla
Una zorra ártica joven, con el pelaje oscuro del verano y un collar satelital al cuello, trota por la orilla: un aparato así permite seguir su rumbo por satélite.

Durante meses, esos puntos se quedaron dentro de una franja de costa de unos 30 por 80 kilómetros, en el oeste de Spitsbergen: un tramo que un auto recorrería en una hora de carretera. Ese era todo su mundo.

Hacia el 1 de marzo de 2018, la zorra salió de esa franja.

Puntos sobre un mar sin barcos

El 26 de marzo, los puntos cambiaron de rumbo. Dejaron atrás la orilla de Spitsbergen y siguieron hacia el oeste, sobre el hielo marino. Y siguieron llegando, cada uno más lejos de la costa que el anterior.

Vista desde arriba de Spitsbergen rodeada de hielo marino blanco
El hielo marino que rodea Spitsbergen, visto desde arriba. Foto: NASA Goddard Space Flight Center / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Al equipo le costó aceptar lo que veía. «Al principio no creíamos lo que estábamos viendo», contó después Fuglei. La explicación más sencilla parecía otra: que la zorra hubiera muerto y que alguien se llevara su cuerpo, con el collar puesto, a bordo de un barco.

Pero en esa zona no hay barcos.

Lo que avanzaba sobre el mar no era un cargamento. Era ella, viva y sola, poniendo una pata delante de la otra. Usaba el mar congelado como quien cruza a pie un lago helado, de una orilla a la otra, solo que la orilla siguiente quedaba a semanas de distancia.

Veintiún días hasta Groenlandia

El 16 de abril, la señal tocó tierra en Groenlandia. Habían pasado 21 días desde que dejó Spitsbergen, y ella llevaba unos 1.500 kilómetros caminados sobre el hielo.

Después de tres semanas sobre el mar, por fin pisaba tierra firme. Pero no se quedó. Siguió hacia el oeste y atravesó el norte de la isla por encima de la capa de hielo que la cubre.

Ahí, en una sola jornada, avanzó 155 kilómetros. Es como encadenar más de tres maratones y medio en un solo día. Ninguna zorra ártica seguida por científicos había ido tan rápido: es la velocidad más alta registrada para su especie.

Y la línea de puntos todavía apuntaba al oeste.

Pantalla de una computadora portátil con un mapa de rastreo satelital en el que una cadena de puntos cruza un mar blanco hacia el oeste, junto a una taza, notas a mano y un collar de rastreo
En un mapa de rastreo, cada señal del transmisor se vuelve un punto; en fila, los puntos dibujan el rumbo de un animal a través del mar helado.

Una casa en Ellesmere

El 10 de junio, la señal apareció en la isla de Ellesmere, en el territorio canadiense de Nunavut. Habían pasado 76 días desde que bajó al hielo en Spitsbergen. En ese tiempo había recorrido 3.506 kilómetros: unos 46 por día, más de un maratón diario durante dos meses y medio.

Tampoco ahí se detuvo. Siguió hacia el oeste tres semanas más, hasta que el 1 de julio los puntos dejaron de alejarse. Desde ese día se quedaron en un rincón pequeño alrededor de la península de Fosheim, apretados como los de aquella franja de costa en Spitsbergen. La zorra se había instalado.

Contando desde aquel 1 de marzo en que dejó su zona natal, el viaje sumaba 4.415 kilómetros en cuatro meses. La zorra que en marzo aún no cumplía un año tenía ahora su casa en otro continente.

Durante los siete meses siguientes, el collar siguió enviando su señal desde ese mismo rincón de Ellesmere. El 6 de febrero de 2019 dejó de transmitir.

Ese año, Fuglei y Arnaud Tarroux, del Instituto Noruego de Investigación de la Naturaleza, publicaron el recorrido completo. Era la primera vez que un satélite seguía a una zorra ártica en un viaje de un continente a otro. Y los dos concluyeron que ella había usado el hielo marino para irse lejos, no para buscar comida: para ella, el mar congelado fue un puente, no una despensa.

En el mapa de su viaje, la línea de puntos sale de una costa de Spitsbergen, cruza el mar congelado y el norte de Groenlandia, y entra en Canadá. Termina en un rincón de Ellesmere, donde la zorra que un día dejó atrás la única orilla que conocía encontró, al fin, dónde quedarse.

Fotos de un zorro ártico en Svalbard (Christoph Strässler / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0) y del hielo marino que rodea Spitsbergen (NASA Goddard Space Flight Center / Wikimedia Commons, CC BY 2.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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