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Historias emotivas

En 1938, una petrolera encontró las fugas de un gasoducto mirando a los zopilotes

En 1938, los técnicos de Union Oil de California no daban con las fugas de un gasoducto de 68 kilómetros, y las señalaron los zopilotes de cabeza roja. La razón conecta un olor de tu cocina con más de un siglo de dudas científicas.

En 1938, una petrolera encontró las fugas de un gasoducto mirando a los zopilotes

Entre 1938 y 1939, un gasoducto de Union Oil de California perdía gas. Eran 42 millas de tubería de 12 pulgadas, unos 68 kilómetros entre Orcutt Hill y Avila. En algún punto de ese trayecto había fugas que los técnicos no lograban encontrar.

Al final las señalaron unos inspectores que no figuraban en ninguna nómina: los zopilotes de cabeza roja. Y la razón de que funcionara tiene que ver con un olor que conoces muy bien.

Donde giraban los zopilotes, había una fuga

Años después, Ralph Openshaw, un ingeniero ya retirado de la compañía, le contó la historia al ornitólogo Kenneth E. Stager. Stager la recogió en su monografía de 1964 sobre el olfato del zopilote de cabeza roja (Cathartes aura), también llamado aura, que publicó el Museo del Condado de Los Ángeles. El relato está en las páginas 27 y 28, y el escaneo completo se puede consultar en Internet Archive.

Según ese relato, los técnicos hicieron algo tan sencillo como extraño: le añadieron al gas una dosis alta de etil mercaptano, un compuesto de olor penetrante, y recorrieron la línea. Donde los zopilotes daban vueltas en el aire o se posaban en el suelo, había una fuga.

Imagen en blanco y negro de un ingeniero de campo de los años treinta, con camisa arremangada, tirantes, pantalón de lona, botas polvorientas y sombrero de fieltro, de pie en un camino de tierra junto a una tubería.
Ilustración con AI de un ingeniero de campo de los años treinta junto a una tubería. En 68 kilómetros de línea, una fuga podía esconderse en cualquier tramo.

Una alarma con olor a carroña

El truco tenía una lógica macabra. Cuando un animal muerto se descompone, suelta etil mercaptano entre otros compuestos. S. A. Smith y R. A. Paselk lo cuentan entre los subproductos de la descomposición animal en un estudio que publicaron en 1986 en The Auk.

Y es el mismo compuesto que se le añade al gas LP, el de cilindro, para que notes una fuga. Sobre los odorizantes, la hoja de datos de seguridad del gas licuado del petróleo de Pemex es directa: «El más común es el etil mercaptano». En Estados Unidos, la norma de la OSHA sobre gas LP lo menciona en su apartado de odorización (29 CFR 1910.110).

Dicho de otro modo: la alarma de tu cocina huele, en parte, a animal muerto. Por eso, en 1938, unas aves carroñeras pudieron hacer de inspectores de tuberías.

Audubon, los testigos y el zopilote equivocado

Y eso que, para entonces, la ciencia llevaba más de un siglo dudando del olfato del zopilote. En 1826, el naturalista John James Audubon presentó un trabajo cuyo título anunciaba su propósito: «with the view of exploding the opinion generally entertained of its extraordinary power of smelling». Es decir, para desmontar la creencia extendida en su «extraordinario» poder olfativo.

Ocho años después, en 1834, sus pruebas se repitieron ante testigos en los experimentos de Bachman, y los presentes firmaron un documento: el zopilote se guiaba por la vista. Stager repasa el episodio en las páginas 7 a 9 de su monografía.

Pero Stager advierte un detalle: por la conducta que describió, Audubon observaba sobre todo al zopilote negro, del género Coragyps. Y las dos especies no huelen igual. De acuerdo con el estudio de N. P. Grigg y colegas publicado en 2017 en Scientific Reports, el aura tiene los bulbos olfativos más grandes de todas las aves medidas, tanto en tamaño absoluto como en proporción al cerebro. Los bulbos olfativos son la parte del cerebro que procesa primero los olores, y los del aura son cuatro veces los del zopilote negro. La figura 1 de ese artículo muestra fotos de ambos cerebros con los bulbos señalados.

Un venado impecable que ningún zopilote quiso

Stager llevó la duda al campo. Colocó un venado bura disecado, echado en un potrero como si estuviera muerto y bien visible desde el aire. Lo dejó cinco días en 1959 y tres en 1960. Los zopilotes de cabeza roja le pasaban por encima. Ninguno bajó.

Entonces, antes del amanecer, lo cambió por un venado atropellado que había aportado el Departamento de Pesca y Caza de California, del mismo tamaño y en la misma postura. Stager anotó que, para un observador humano, los dos parecían el mismo animal. Ese día, nada. Al siguiente, las auras giraban a sotavento, a unas 100 yardas (cerca de 91 metros), justo donde el viento llevaba el olor. Y bajaron a comer. La figura 7 de la monografía dibuja ese patrón de vuelo.

Stager también probó el compuesto de los ingenieros. En enero de 1961, en Puerto Peñasco, Sonora, una botella de etil mercaptano quedó destapada en un arbusto a 500 yardas (unos 457 metros) de la ruta de vuelo que una veintena de auras seguía cada día. El viento cruzó el olor sobre esa ruta. Las tres primeras auras que pasaron giraron de golpe en círculos cerrados.

Dispensador de olor casero en el suelo de un valle seco: un cilindro de aire comprimido tumbado sobre un soporte de madera, con un regulador de presión de latón y una pequeña llave de paso.
Un cilindro de aire comprimido con regulador y llave de paso, oculto en la tierra seca: así puede armarse un dispensador de olor para pruebas de campo. La monografía de Stager incluye, en su figura 6, la foto de un dispensador real de etil mercaptano.

Eso no significa que los zopilotes persigan cualquier fuga. En el laboratorio, Smith y Paselk vieron que el aura solo reaccionaba al etil mercaptano en concentraciones relativamente altas. Concluyeron que probablemente no es la pista que sigue para comer. En 1938 funcionó porque los ingenieros cargaron el gas a propósito.

El zopilote que sigue al que huele

¿Y el zopilote negro, el que confundió a Audubon? De acuerdo con Grigg y colegas, huele mucho peor y vuela más alto. Algunos autores creen que vigila al de cabeza roja, que planea bajo, y lo sigue hasta el cadáver. Stager ya recogía esa idea en la página 55 de su monografía.

Aquellos ingenieros de 1938 hicieron, en el fondo, lo mismo que el zopilote negro: no sabían dónde estaba la fuga, pero sí a quién seguir.

¿Alguna vez viste zopilotes girando sobre un lugar donde no se veía nada? ¿Dónde fue y qué crees que estaban oliendo?


Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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