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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

El pez que no podía huir de su puerto envenenado y, en pocas décadas, evolucionó para soportar el veneno

Durante décadas, las fábricas vertieron PCB en el puerto de New Bedford, en Massachusetts. Un pez pequeño que no migra se quedó allí, y su ADN cuenta cómo sus poblaciones llegaron a soportar ese veneno.

El pez que no podía huir de su puerto envenenado y, en pocas décadas, evolucionó para soportar el veneno

En el puerto de New Bedford, en Massachusetts, un pez pequeño hurga en el lodo del fondo, muy cerca de la orilla.

Ese lodo debería matarlo. Guarda químicos en concentraciones que matarían a otros peces de su misma especie. Y aun así, los peces del puerto siguen ahí, generación tras generación.

Un puerto envenenado del que no podía irse

Desde los años cuarenta hasta los setenta, las fábricas vertieron desechos industriales directamente al puerto, según la revisión del biólogo Andrew Whitehead y colegas (2017). Entre esos desechos había PCB (bifenilos policlorados), y su descarga terminó en 1976. Junto al puerto, la fábrica Aerovox usó PCB para producir condensadores desde los años cuarenta hasta 1978, como detalla la página que le dedica la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA). Y los PCB perduran: «no se descomponen con facilidad», resumió el investigador Mark Hahn en la nota de la Institución Oceanográfica Woods Hole (2016).

El pez de esta historia, el killifish del Atlántico (Fundulus heteroclitus), también llamado mummichog, no podía escapar: no migra y su área de vida es pequeña, como recoge la revisión de 2017. Según la guía de campo del Chesapeake Bay Program, mide de 13 a 15 centímetros y puede recorrer apenas unos 30 metros de orilla.

Mano con guante sostiene un tubo transparente con lodo oscuro en capas sobre la cubierta mojada de un bote de aluminio, con un puerto industrial gris al fondo
Un núcleo de lodo sacado del fondo de un puerto industrial. En New Bedford, el fondo donde hurga el killifish acumula décadas de vertidos.

Hasta 8.000 veces más PCB que sus parientes

Los killifish de New Bedford soportan concentraciones de PCB hasta 8.000 veces más altas que las que matan a sus parientes de aguas limpias, según los comunicados de 2016 de Woods Hole y de la Universidad de California en Davis (UC Davis). La revisión de 2017 precisa el rango: en New Bedford, la concentración que mata a uno de cada cinco peces resultó entre 576 y más de 8.333 veces más alta que en poblaciones sensibles. Para darse una idea, con un cálculo propio y solo ilustrativo: si a un pariente lo mata una gota, ellos aguantan casi medio litro.

Eso no es inmunidad, sino tolerancia heredada: pasa de padres a crías. El estudio de 2016 en Science habla de sobrevivir a niveles «cientos a miles de veces» superiores a los que normalmente son letales.

384 genomas y una alarma que no se apaga

Para entender cómo lo lograban, un equipo dirigido por Whitehead desde UC Davis, con Noah Reid como primer autor, leyó el ADN completo de 384 killifish de ocho poblaciones: cuatro tolerantes y cuatro sensibles, que sirvieron de comparación. El texto completo del estudio, publicado en 2016, se puede leer en PMC.

La clave estaba en una alarma química de los peces, la vía del receptor de hidrocarburos de arilo (AHR). Según Hahn, pone en marcha un sistema de enzimas que protege contra contaminantes; ante los PCB, ese sistema y cientos de genes asociados se disparan. Pero los PCB no se dejan destruir, y la alarma no se apaga.

En los embriones de los killifish sensibles, esa alarma siempre encendida causa malformaciones, según la revisión de 2017. Una afecta al corazón, que queda como un tubo delgado que casi no bombea sangre; es parte de lo que se conoce como enfermedad del saco azul.

Los killifish tolerantes hicieron lo contrario: apagaron la alarma. En ellos, la vía AHR queda desactivada o casi no responde, y justamente perder esa función es lo que los protege.

La misma salida en 4 estuarios

New Bedford no fue un caso aislado. El estudio de Reid y colegas encontró la misma tolerancia heredada en otros tres estuarios contaminados: la bahía de Newark (Nueva Jersey), la zona de Bridgeport (Connecticut) y el río Elizabeth (Virginia). En los cuatro, incluido New Bedford, evolucionó por separado y en pocas décadas.

Persona con botas de vadeo y chaqueta impermeable, agachada en la orilla de una marisma, observa un cardumen de peces pequeños en el agua baja, con estructuras industriales al otro lado
Como el killifish pasa la vida en un tramo corto de orilla, cada estuario contaminado fue una prueba aparte.

¿Por qué tan rápido? Porque las mutaciones útiles ya existían en esas poblaciones antes del veneno, según UC Davis y el propio estudio. El killifish tiene más variación genética —más diferencias de ADN entre un pez y otro— que cualquier otro vertebrado medido, incluidos los humanos.

Resistir, eso sí, tiene un precio: en el río Elizabeth, según la revisión de 2017, los peces tolerantes mueren más por infecciones y son más sensibles a la falta de oxígeno.

ADN prestado a 2.400 kilómetros de casa

Pero lo más llamativo está en Texas. En el canal de navegación de Houston, fuertemente contaminado, otra especie, el killifish del golfo (Fundulus grandis), también resiste.

Cuando Oziolor y colegas, con Whitehead entre los autores, estudiaron su ADN, vieron que dos de las regiones del genoma con la señal de selección natural más fuerte venían del killifish del Atlántico, con el que se había cruzado; los autores llaman a esto introgresión adaptativa. Una de esas regiones incluye un gen de la alarma AHR con un pedazo menos, una deleción, que le da una gran ventaja, según el resumen del artículo publicado en Science en 2019 y la nota de la Universidad Baylor.

¿Cómo llegó a Texas un pez del Atlántico que no migra? Según la nota de UC Davis de 2019, probablemente lo llevaron personas, por accidente, hacia los años setenta, desde unas 1.500 millas (unos 2.400 kilómetros). Para entonces, el killifish del golfo probablemente empezaba a disminuir. Los autores describen lo que vino después como un rescate evolutivo.

Los killifish de New Bedford resistieron porque ya guardaban, antes del veneno, una enorme reserva de diferencias en su ADN; los de Houston, porque un pariente llegó a compartirla. Pero, como advierte UC Davis, la gran mayoría de las especies no tiene acceso a recursos genéticos como los del killifish. No cuentan con esa «suerte». Para ellas, un puerto envenenado sigue siendo el final.

Después de conocer al killifish, ¿lo ves como una buena noticia o como una advertencia sobre lo que les hacemos a los ríos y los mares?

Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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