Saltar al contenido
Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

Hormigas amazonas: guerreras que secuestran crías ajenas y no saben comer solas

En 1810, Pierre Huber describió unas hormigas que asaltan nidos ajenos para llevarse las crías que luego las alimentarán. Sin esas cautivas, las amazonas no saben ni comer.

Hormigas amazonas: guerreras que secuestran crías ajenas y no saben comer solas

Es una tarde calurosa, pasada la mitad del verano. De un hormiguero sale una columna de hormigas que no va en busca de alimento. Avanza hacia el nido de otra especie para llevarse sus crías. De esas crías robadas dependerá, muy pronto, que las guerreras de la columna puedan siquiera comer.

El naturalista ginebrino Pierre Huber (1777-1840) describió estas expediciones en 1810, según el Diccionario histórico de Suiza, en un libro que llama a sus protagonistas amazonas. Más de dos siglos después, Torres y Tsutsui (2016) lo resumen sin rodeos: estas hormigas dependen por completo de la especie a la que le roban las crías.

Una columna con mandíbulas en forma de hoz

El libro, Recherches sur les mœurs des fourmis indigènes, salió en París con el sello de J. J. Paschoud. Un ejemplar de la Biblioteca Thomas Fisher de Libros Raros de la Universidad de Toronto se puede hojear completo en Internet Archive. La traducción inglesa de 1820 conserva un capítulo titulado «First historical sketch of the Amazon Ants».

La obra de C. A. Collingwood (1979) sobre las hormigas de Fenoscandia y Dinamarca describe la rutina de Polyergus rufescens: en días calurosos, pasada la mitad del verano, las amazonas asaltan nidos de hormigas del género Formica. Avanzan en una columna de asalto que, según el resumen del estudio de Grasso y colegas (1997), se orienta con la luz ultravioleta polarizada del cielo. Sus mandíbulas tienen forma de hoz, como detalla el equipo de Cash (2025). Con esas pinzas, relata Collingwood, perforan la cabeza de las obreras que defienden el nido. Con las mismas mandíbulas cargan el botín: las pupas, crías a punto de ser adultas. Una columna así, fotografiada en Praga el 22 de julio de 2009 por Reo On, se puede ver en Wikimedia Commons.

Grabado de un joven naturalista de comienzos del siglo XIX, de levita y botas, arrodillado junto a una piedra plana en un sendero polvoriento en una tarde de verano
A ras de suelo y con paciencia: así se observaban las hormigas a comienzos del siglo XIX, mucho antes de que la química pudiera medir su olor.

Criadas en casa de sus captoras

Las pupas robadas terminan de desarrollarse en el hormiguero de las amazonas. Según Torres y Tsutsui, las obreras que nacen de ellas aprenden las señales químicas de los individuos que encuentran y las usan para reconocer a su colonia. Así, quienes las rodean pasan a oler a familia. Desde entonces buscan comida, cavan túneles y cuidan a las larvas de sus captoras. El estudio del genoma de Polyergus mexicanus de Cash y colegas también describe estas tareas, y su título llama a esta amazona «la hormiga secuestradora».

Collingwood señala que una colonia puede reunir desde unas decenas hasta unos cientos de amazonas y hasta unos miles de cautivas. Las amazonas, en cambio, no trabajan: reinas y obreras «son incapaces de alimentarse por sí mismas o de criar a su prole». Darwin lo llamaba esclavitud. Hoy, estudios como el de Torres y Tsutsui lo tratan como parasitismo social.

Treinta amazonas y ninguna cautiva

Huber puso a prueba esa dependencia. El detalle nos llega por el relato de Charles Darwin en la página 219 de El origen de las especies. Huber encerró a treinta amazonas sin ninguna cautiva, con su comida favorita y con sus propias larvas y pupas. No hicieron nada. Ni siquiera lograron alimentarse, y muchas murieron de hambre.

Gota grande de miel dorada en el centro del piso de yeso de un recinto de vidrio para hormigas, sobre una mesa de laboratorio
Comida al alcance y nadie que la sirva. La escena recuerda el encierro en el que las amazonas de Huber, sin cautivas, no lograron alimentarse.

Entonces Huber añadió una sola obrera cautiva, de la especie Formica fusca. Enseguida alimentó a las sobrevivientes y cuidó a las larvas. Darwin no ocultó su asombro: «¿Qué puede ser más extraordinario que estos hechos bien comprobados?».

Cuando las cautivas deciden la mudanza

Darwin publicó su libro en 1859 y llevó a las amazonas al capítulo VII, «Instinto». La primera edición se puede leer en Project Gutenberg. Allí atribuyó a Huber el descubrimiento de este comportamiento en Polyergus rufescens. También escribió que, sin la ayuda de sus cautivas, la especie «sin duda se extinguiría en un solo año».

Darwin contó además otra observación de Huber, un dato histórico que conocemos gracias a él. Cuando la colonia cambia de nido, las cautivas deciden la mudanza y cargan a sus captoras entre las mandíbulas.

Libro antiguo de historia natural abierto sobre soportes de espuma gris en una mesa de madera, con una lámina grabada de varias hormigas de perfil junto a una página de texto impreso
Un tratado de comienzos del siglo XIX en una sala de libros raros. En páginas como estas, las observaciones de Huber llegaron hasta la biblioteca de Darwin.

Darwin tenía esas páginas a mano. Un ejemplar del libro de Huber que perteneció a su biblioteca personal se conserva hoy en la Biblioteca de la Universidad de Cambridge y también está digitalizado en Internet Archive.

Una reina sola en el nido enemigo

Pero lo más asombroso está en cómo nace cada colonia. Una joven reina amazona entra sola en un hormiguero de Formica, mata a la reina que vive allí y ocupa su lugar. Collingwood lo describe en P. rufescens, y Torres y Tsutsui en la amazona norteamericana Polyergus breviceps.

En esta especie norteamericana, C. A. Johnson, R. K. Vander Meer y B. Lavine analizaron en un estudio de 2001 los hidrocarburos de la cutícula de la reina invasora. Tras el ataque, el perfil químico de la invasora resultó «virtualmente idéntico» al de la reina de Formica que acababa de matar. Las obreras del nido solo empezaron a limpiarla cuando terminó el ataque. Entonces la aceptaron como su nueva reina.

Ese detalle encaja con todo lo demás. Como explican Torres y Tsutsui, las hormigas reconocen a sus compañeras de nido por los hidrocarburos de la cutícula. Para una hormiga, la familia es un olor.

Las amazonas nunca necesitaron cadenas para retener a sus cautivas ni ejércitos para conquistar un trono. En un mundo donde la familia se reconoce por el olor, les basta con oler a casa.

Si una sola obrera cautiva pudo salvar a un grupo entero de guerreras, ¿quién crees que manda de verdad en un hormiguero de amazonas?


Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

Referencias

Sigue leyendo

Conversación

Únete a la conversación

Los comentarios y el formulario se cargan solo cuando abras esta sección.

Mira más historias

Ver la lista completa