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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

Un tiburón atacó una arena sin presa y así se resolvió un misterio de casi 300 años

En 1678, un médico italiano describió unos poros diminutos en la piel de las rayas eléctricas sin saber para qué servían. Casi tres siglos después, una pintarroja y una solla enterrada dieron la respuesta.

Un tiburón atacó una arena sin presa y así se resolvió un misterio de casi 300 años

Sobre el fondo, un pez plano se sacude y la arena lo cubre. Cuando la nube se asienta, ya no hay pez: solo un fondo liso, quieto, sin rastro. Para cualquier ojo, ya no está ahí.

Pero su cuerpo no puede apagarse. Mientras respira, su boca y sus branquias generan un campo eléctrico diminuto que se escapa al agua y que cada bocanada hace oscilar. Y alguien, muy cerca, lo está escuchando.

Un libro sobre torpedos, Florencia, 1678

Para saber quién escucha hay que retroceder casi tres siglos y medio. En 1678, el médico italiano Stefano Lorenzini publicó en Florencia Osservazioni intorno alle torpedini, un estudio sobre los torpedos, unas rayas eléctricas. La enciclopedia Treccani lo cuenta entre los mejores tratados de ictiología del siglo XVII, y el libro original, con sus cinco láminas, puede hojearse completo en Internet Archive.

Grabado del siglo XVII con figuras anatómicas de un torpedo, lámina quinta del libro de Stefano Lorenzini
Lámina quinta de Osservazioni intorno alle torpedini (Florencia, 1678), con figuras anatómicas del torpedo. Foto: Stefano Lorenzini (1678) / Wikimedia Commons, dominio público.

En la piel del hocico de esas rayas, Lorenzini vio algo extraño: poros diminutos, los mismos que también tienen los tiburones. Cada uno conducía a un tubo lleno de una jalea que terminaba en una pequeña bolsa bajo la piel. Es, en esencia, la descripción que se usa hoy: un poro, un canal con gel y, al fondo, un alvéolo con células sensoriales, como resumen Josberger y colegas (2016) y Phillips y colegas (2021).

No sabemos cuántos poros contó Lorenzini. En las especies actuales son cientos: la quimera Chimaera monstrosa, un pez cartilaginoso de aguas profundas, tiene unos 702 (± 103), según Bottaro (2022).

Lorenzini describió aquellas estructuras con detalle. Pero no pudo saber para qué servían.

Casi 300 años con la pregunta abierta

Con el tiempo, los órganos pasaron a llamarse ampollas de Lorenzini, y el enigma siguió con ellos. Su papel, escriben Josberger y colegas, «siguió siendo un misterio durante casi 300 años».

Hay un matiz. Que las ampollas responden a la electricidad se supo antes: Murray lo mostró en 1960 en la revista Nature, y Dijkgraaf, junto con el biólogo neerlandés Adrianus Kalmijn, entre 1962 y 1963. El propio Kalmijn lo reconoce en su artículo de 1971: experimentos previos ya habían demostrado que la sensibilidad eléctrica de tiburones y rayas se debía a las ampollas. Faltaba la pregunta que de verdad importa en el fondo del mar: ¿las usan para cazar?

Una solla bajo la arena y una cámara de agar

En 1971, Kalmijn publicó la respuesta en el Journal of Experimental Biology, firmando desde el Laboratorio de Fisiología Comparada de la Universidad de Utrecht (Países Bajos) y la Scripps Institution of Oceanography. Trabajó con una pintarroja (Scyliorhinus canicula), un tiburón, y con una raya (Raja clavata). La presa era la solla (Pleuronectes platessa), un pez plano.

El punto de partida está en el resumen del estudio: los depredadores lanzaban ataques «bien dirigidos» contra las sollas incluso cuando estas se habían cubierto de arena. Para averiguar qué las delataba, Kalmijn fue quitando pistas una por una.

Biólogo con ropa de los años setenta y una libreta en la mano, inclinado sobre un tanque de agua de mar en un laboratorio con tuberías y mangueras
Un biólogo, libreta en mano, se asoma a un tanque de agua de mar. Separar la vista, el olfato y la electricidad de un depredador exigía controlar cada detalle del experimento.

Primero encerró a la solla en una cámara de agar, un gel que retenía el olor y apenas alteraba su campo bioeléctrico. Para comprobar lo del olor, metió trozos de merlán en la cámara: los depredadores no reaccionaron. Con la solla dentro, en cambio, atacaron encima del agar «igual que si no hubiera agar».

Después cubrió la cámara con una lámina de plástico muy delgada, que la corriente eléctrica casi no podía atravesar. La solla seguía en el mismo lugar. Los ataques desaparecieron por completo: el tiburón pasaba de largo.

Un ataque donde no había ningún pez

Quedaba la prueba más audaz. Kalmijn enterró en la arena electrodos que imitaban el campo eléctrico de una solla. No había pez. No había olor. No había nada que ver. Y el tiburón atacó los electrodos.

Cables eléctricos finos que atraviesan el agua de un tanque y se hunden en la arena, junto a un hueco recién excavado
Cables que bajan hasta la arena y un hueco recién abierto encima: la escena evoca la prueba de los electrodos, donde no había ninguna presa enterrada.

No lo veía. No lo olía. Lo sentía.

Ese fue el desenlace: las ampollas que Lorenzini había descrito sin entender eran un sentido para cazar. En 2010, la misma revista recuperó el trabajo en su serie de clásicos bajo un título que lo resume: «Una función biológica para la electrorrecepción en tiburones y rayas». Cada prueba, con sus montajes y resultados, sigue disponible en el artículo original de Kalmijn.

Lo que nos delata

¿Qué siente exactamente ese hocico? La señal entra por el poro y recorre la jalea, que según Josberger y colegas (2016) es conductora de protones. Al final del canal, las células de la ampolla detectan fracciones de una millonésima de voltio por centímetro.

Tiburón vivo nadando de frente hacia la cámara, con la parte inferior del hocico en primer plano
Visto de frente, el hocico de un tiburón ocupa casi todo el cuadro. En la piel de esa cara se abren los poros que conducen a las ampollas.

Y lo que captan es justo lo que una presa no puede esconder. Un pez enterrado puede quedarse inmóvil, pero no dejar de respirar: su boca y sus branquias dejan escapar un campo diminuto que oscila con cada respiración. Bedore y Kajiura (2013) analizaron cómo el voltaje y la frecuencia de los campos bioeléctricos de organismos marinos influyen en que un depredador electrorreceptivo los detecte.

Este sentido no es exclusivo de los tiburones: rayas y quimeras también tienen ampollas, y en las rayas su disposición varía con consecuencias para lo que cada especie percibe, como estudiaron Jordan, Kajiura y Gordon (2009). Llevan en la cara un sentido que nosotros no podemos imaginar.

Durante casi tres siglos, aquellos poros guardaron su secreto en la piel de peces que cualquiera podía mirar. Hoy sabemos lo que escuchan, y hay algo inquietante y hermoso en eso: lo mismo que nos mantiene vivos es lo que nos delata ante ellos.

Si pudieras tener un sentido que los humanos no tenemos, ¿cuál elegirías y para qué lo usarías?


Foto de la lámina quinta de Osservazioni intorno alle torpedini (1678): Stefano Lorenzini / Wikimedia Commons, dominio público. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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