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Animales Queridos - Una pasión llamada fauna

Historias emotivas

La foca que escapó de las orcas sobre el pecho de una ballena jorobada

En enero de 2009, rodeada de orcas, una foca de Weddell encontró refugio sobre el pecho de una ballena jorobada. Años después, 115 encuentros entre jorobadas y orcas mostraron que no fue un caso aislado.

La foca que escapó de las orcas sobre el pecho de una ballena jorobada

Enero de 2009, aguas de la península Antártica. Una foca de Weddell está sobre un témpano cuando un grupo de orcas levanta una ola que la tira al mar. Rodeada, la foca nada desesperada hacia dos ballenas jorobadas.

Lo que hizo una de esas ballenas por un animal de otra especie todavía intriga a los científicos. Y no fue la única vez.

Una foca sobre el pecho de una ballena

Entre los testigos estaba Robert Pitman, biólogo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA). Ese mismo año, Pitman y John Durban publicaron un relato de primera mano, «Save the Seal!», en Natural History Magazine. En 2017, una crónica de Kelsey en Smithsonian Magazine volvió sobre la escena.

Según esos relatos, la ballena más cercana se puso boca arriba y el agua dejó a la foca sobre su pecho. Las orcas se acercaron. Entonces la jorobada arqueó el pecho y levantó a la foca fuera del agua. Cuando la foca empezó a resbalar, la ballena la devolvió al centro con un suave empujón de la aleta. Momentos después, la foca escapó a un témpano cercano.

Ese empujón suave dice mucho. Según la crónica de Smithsonian, las aletas pectorales de una jorobada son largas como medio poste de luz y tienen percebes afilados. En otros encuentros, las jorobadas golpean a las orcas con esas mismas aletas.

Una persona con chaqueta roja y gorro de lana mira con binoculares desde la cubierta de una embarcación entre témpanos antárticos; al fondo se ve el soplo de una ballena jorobada
Binoculares en alto entre el hielo antártico. Encuentros como el de 2009 llegan a la ciencia porque alguien estaba mirando el agua en el momento justo.

115 encuentros, y hasta un pez luna

Años después, para entender lo que había visto, Pitman reunió con otros trece autores 115 interacciones entre jorobadas y orcas registradas entre 1951 y 2012. El estudio salió en línea en 2016 y en papel en 2017, en el volumen 33 de Marine Mammal Science. La ficha y el PDF del estudio están en el repositorio de la NOAA.

No todos esos encuentros fueron rescates. Según el resumen del estudio, cuando las orcas que cazan mamíferos se acercaban a jorobadas, las atacaban el 85 % de las veces, y solo a las crías.

Lo inesperado estaba del otro lado. Cuando las jorobadas se metían en un ataque de esas orcas, el 89 % de las presas eran de otras diez especies: tres cetáceos, seis pinnípedos y un pez. Casi nueve de cada diez veces, la víctima no era una jorobada. National Geographic y Smithsonian mencionan focas, leones marinos, marsopas, crías de ballena gris… y un pez luna.

Una cacería silenciosa hasta que deja de serlo

¿Cómo eligen las jorobadas a quién defender? Los científicos creen que no eligen.

Las orcas que cazan mamíferos acechan casi en silencio. Según un estudio de Deecke, Ford y Slater (2005) publicado en Animal Behaviour, llaman mucho menos que las orcas que comen peces, porque sus presas pueden oír esas llamadas. Se vuelven más vocales después de una captura o cuando están activas en la superficie. En pleno ataque, resume la crónica de Smithsonian, se vuelven muy ruidosas.

De ahí la hipótesis de Pitman y sus colegas: las jorobadas acudirían a esas llamadas de ataque sin saber qué especie es la presa. «Simplemente oyen a orcas atacando, y van a interrumpirlo», explicó Pitman en una nota de Hakai Magazine de 2016. Es una propuesta de los autores, no un hecho demostrado.

Acudir a ese ruido tiene lógica: la víctima podría ser su propia cría. Pero, según el propio estudio, las jorobadas siguen interfiriendo aunque la presa sea de otra especie, sin beneficio aparente para ellas.

Manos con guantes bajan un hidrófono con cable amarillo desde la borda de un bote; a unos cincuenta metros, dos aletas dorsales de orca y la aleta pectoral blanca de una ballena jorobada asoman entre hielo flotante
Un hidrófono baja al agua fría mientras orcas y una jorobada salen a la superficie. Si la hipótesis es correcta, la señal que atrae a las jorobadas viaja bajo el agua: las llamadas de las orcas al atacar.

Más de seis horas por una cría de ballena gris

Así pasó el 3 de mayo de 2012 en la bahía de Monterey, California: unas orcas mataron a una cría de ballena gris. Aun así, llegaron más jorobadas. Según National Geographic, a las dos que ya estaban se sumaron unas 14. Durante unas seis horas y media azotaron a las orcas con colas y aletas, como si quisieran impedir que se comieran a la cría. La nota de Hakai Magazine habla de más de 16 jorobadas y más de siete horas.

El fotógrafo Everett Robinson estuvo ahí ese día. Su galería en el blog de Monterey Bay Whale Watch, que también registra la fecha, muestra a las jorobadas en medio de la cacería. Algunas fotos muestran la depredación sin filtros: conviene saberlo antes de abrirla.

Salvar sin saber a quién

En 2009, Pitman y Durban interpretaron aquella escena como un caso de «cuidado aloparental», el cuidado que un animal da a crías ajenas. El estudio posterior fue más lejos: sus autores escribieron que no podía descartarse el altruismo entre especies, «aunque fuera involuntario».

En Hakai, Pitman lo llama «altruismo involuntario»: las jorobadas salvan a otros sin saber a quién están salvando.

Nosotros solemos preguntar primero si quien sufre es de los nuestros. Las jorobadas no preguntan. Una foca de Weddell en la Antártida, una cría de ballena gris en California, un pez luna: al parecer, les basta con oír una cacería.

¿Crees que un animal puede ayudar a otra especie sin ganar nada a cambio, o siempre hay algo más detrás? ¿Tú cómo lo llamarías: altruismo o instinto?

Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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