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Historias emotivas

Íbices en un muro casi vertical: por qué las crías llegan donde los machos grandes no

Los íbices de los Alpes trepan muros de presa casi verticales para lamer sales, como en el Cingino, en Italia. Las crías suben por lo más empinado, los machos grandes casi nunca aparecen y la razón cabe en una caja de zapatos.

Íbices en un muro casi vertical: por qué las crías llegan donde los machos grandes no

Sobre la pared gris de la presa del Cingino, en los Alpes italianos, un grupo de íbices de los Alpes (Capra ibex), las cabras salvajes de esas montañas, avanza pegado a la piedra. El muro mide unos 50 metros y se empina hasta quedar casi vertical. Aun así, los animales se detienen, bajan la cabeza y lamen la mampostería una y otra vez.

Si te fijas en quiénes están, notarás un patrón: son hembras, jóvenes y crías. A los machos grandes casi nunca se los ve ahí. En ese muro hay una despensa escondida, unas pezuñas con doble suela y una regla de física que deja abajo a los más fuertes.

Tres íbices de cuernos cortos pegados al muro de piedra de la presa del Cingino, lamiendo la mampostería
Tres íbices de cuernos cortos lamen el muro de mampostería de la presa del Cingino, en 2016. Foto: Zaufensgraben / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Un lamedero puesto de pie

El muro es una presa de mampostería de gravedad construida entre el 15 de abril de 1925 y el 30 de octubre de 1930, según la ficha técnica del catastro de obras hidráulicas del Politecnico di Torino, hecha con datos del Servizio Nazionale Dighe. La ficha registra dos alturas oficiales, 46,00 metros según una norma de 1994 y 50,86 metros según otra de 1982, y ubica el coronamiento a 2.263,6 metros sobre el nivel del mar. Son piedra y mortero con casi un siglo encima.

¿Y qué busca ahí un íbice? Sodio. Las plantas que come le dan poco, un problema común entre los ungulados, como resume el informe de Parker y Ayotte (2004) sobre los lamederos de la cuenca del Tuchodi, en la Columbia Británica. Para compensarlo, los herbívoros buscan lamederos, lugares donde afloran sales. Y según el artículo de Biancardi y Minetti (2017) en Hystrix, the Italian Journal of Mammalogy, los muros de presa donde rezuman sales son un tipo particular de lamedero.

El Ente di Gestione delle Aree Protette dell’Ossola, que administra el Parco Naturale Alta Valle Antrona, donde está la presa, cuenta que son las sales minerales que salen de la mampostería las que atraen a los grupos de íbices que trepan la pared con agilidad. En Wikimedia Commons hay una foto de Claudio Bedin, de 2017, con el grupo repartido por el muro. Que suban esos animales en particular tampoco es casualidad. Biancardi y Minetti, citando un trabajo de Niederberger de 1993, señalan que a los lamederos van sobre todo, aunque no solo, hembras, crías y jóvenes. Los machos adultos van menos.

Primer plano de un viejo muro de mampostería con costras blancas de sal entre las juntas de los bloques de piedra y algunas manchas oscuras y húmedas
Costras blancas de sales entre las juntas de un muro de piedra: para un herbívoro con poco sodio en su dieta, una pared así funciona como un lamedero.

Doble suela y un sendero en zigzag

¿Cómo se sostienen sobre esa pared? Lo primero son sus patas. La ficha del íbice de los parques del Ossola describe una pezuña con doble suela: el borde exterior es duro y afilado, y la parte interior, blanda, se adhiere a la menor aspereza de la roca.

Lo segundo es el camino que toman. Biancardi y Minetti registraron los recorridos de 54 íbices entre 2010 y 2012 en otras dos presas alpinas donde pasa lo mismo: la del Lago della Rossa, en el Piamonte, y la de Piano Barbellino, en Lombardía. Los animales no suben en línea recta, sino en zigzag, como en un sendero de montaña, y así la subida se empina menos que la pared. Por eso, aunque el tramo más suave de esos muros ronda los 51 grados, casi toda la subida quedó por debajo de 45 grados, una pendiente del 100 %. En 1.870 metros de recorridos, apenas 8 metros de subida superaron esa inclinación.

Para bajar van más directo, y al galope. Según los autores, en pendiente el galope es más estable que el trote.

Las crías, por lo más empinado

¿Y los machos? En esas dos presas, ningún macho grande pisó el muro. Las que subieron por lo más empinado fueron las crías. Hicieron subidas de hasta 57 grados (una pendiente del 155 %) y bajadas de 57,5 grados, llegaron hasta 49 metros de altura y bajaron a 4,2 metros por segundo, unos 15 kilómetros por hora.

El animal que parece más frágil del rebaño es el que se mueve por los tramos más verticales. ¿Cómo logran los más pequeños lo que no logran los más fuertes?

Una persona con chaqueta de montaña y gorro de lana, vista de espaldas al pie de una gran presa de piedra en los Alpes, apunta un teleobjetivo hacia lo alto del muro
Al pie de una presa alpina, la cámara tiene que apuntar casi en vertical: así de empinada es una pared por la que se mueven los íbices.

La física de una caja de zapatos

La respuesta cabe en una caja de zapatos. Ponla sobre una rampa empinada: acostada, se queda quieta; parada, se vuelca. Lo que decide es la relación entre su base de apoyo y la altura de su centro de masa. Biancardi y Minetti hicieron esa misma cuenta con los íbices, tomando como base la distancia entre las patas de arriba y las de abajo.

Una cría, de patas cortas y cuerpo bajo, es la caja acostada. Según la tabla 1 del artículo, su base casi duplica la altura de su centro de masa (una relación de 1,99). En una pendiente del 123 %, unos 51 grados, conserva un factor de seguridad de 1,62. Un macho grande, alto y pesado, es la caja parada: en esa misma pendiente, la más suave de los muros estudiados, su factor cae a 0,71. Por debajo de 1 ya hay riesgo de vuelco.

Por eso, en los tramos casi verticales, los íbices se ponen casi de pie, con las patas traseras abajo y las delanteras arriba, para alargar su base. La figura 7 del artículo, que se puede leer completo en Hystrix, muestra esa postura casi bípeda en fotos del Lago della Rossa y del propio Cingino.

Lo que la cuenta no alcanza a decir

El cálculo tiene límites, y los autores los señalan. Se hizo con medidas típicas de la especie, no con las de cada animal. En las crías puede exagerar su ventaja: el margen real de los más pequeños podría ser menor que el calculado. Tampoco es solo física, porque los machos adultos, de por sí, van menos a los lamederos. Además, el Cingino no fue una de las presas medidas: ahí solo se sabe que a los machos grandes casi nunca se los ve en el muro. Pero en las dos presas estudiadas, la cuenta y el muro coinciden: el que más riesgo tenía de volcarse no subió.

Sobre ese muro de piedra, el tamaño no abre camino: llega más alto quien lleva el cuerpo más cerca del suelo.

¿Alguna vez viste a un animal lamer una pared, una piedra o una carretera en busca de sal? ¿Dónde fue y qué animal era?

Foto de los íbices en la presa del Cingino: Zaufensgraben / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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