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Historias emotivas

El mamífero que el mar borró de un cayo de tres hectáreas en el estrecho de Torres

En 2014, un equipo de biólogos recorrió una isla de tres hectáreas en el estrecho de Torres sin encontrar ni un solo ejemplar del melomys de Bramble Cay. Esta es la historia documentada de cómo el mar se llevó primero a la isla y después a su único mamífero.

El mamífero que el mar borró de un cayo de tres hectáreas en el estrecho de Torres

Entre el 30 de agosto y el 5 de septiembre de 2014, un equipo de biólogos instaló 75 trampas Elliott y 75 trampas Sherman —150 en total— y diez cámaras Reconyx en una isla de coral de apenas 3,44 hectáreas, en pleno estrecho de Torres. Seis noches de trampeo: novecientas trampas-noche y sesenta cámaras-noche. Al final, las capturas sumaban 35 cangrejos fantasma de la especie Ocypode cordimana y tres Ocypode ceratophthalmus: 38 en total. Ni un solo mamífero.

El objetivo no eran los cangrejos. El equipo, encabezado por el biólogo Ian Gynther, buscaba al melomys de Bramble Cay (Melomys rubicola), un roedor que solo existía en ese cayo diminuto y en ningún otro punto del planeta. El resultado no fue un tropiezo del método: fue la confirmación de algo que los censos venían anticipando desde hacía más de una década, según el informe de Gynther, Waller y Leung (2016).

El único mamífero endémico de la Gran Barrera de Coral

La isla se llama Bramble Cay —Maizab Kaur para sus custodios tradicionales, el pueblo Erubam Le—, un banco de arena y coral a unos 53 kilómetros del delta del río Fly, en Papúa Nueva Guinea, que en su punto más alto no supera los tres metros sobre la marea, según describe el informe de Gynther y colegas (2016) para el Departamento de Medioambiente y Protección del Patrimonio de Queensland. En abril de 1845, marineros del HMS Bramble cazaron con arco y flecha lo que anotaron como «grandes ratas»; el naturalista Thomas describió la especie en 1924 a partir de un ejemplar recolectado un mes después por MacGillivray a bordo del HMS Fly. Desde entonces se le conoce como el único mamífero endémico de la Gran Barrera de Coral.

De varias centenas a doce ejemplares

Los censos posteriores trazan una curva sin ambigüedad. En diciembre de 1978 se estimaban, «como mucho, varias centenas» de individuos, según un estudio de 1983 citado en el informe de 2016. En 1998, un nuevo censo calculó 93 animales, con un margen de error de 36. En 2002 cayeron diez ejemplares en las trampas; en noviembre de 2004, doce, la última vez que alguien tuvo uno en las manos, de acuerdo con el informe de Gynther y colegas (2016) y con el aviso de inclusión en la lista de especies amenazadas del gobierno australiano (2019).

Un biólogo se arrodilla en la arena de coral al amanecer para revisar una trampa metálica abierta, con charranes cerca y el mar vacío al fondo
Así se revisaba, trampa por trampa, cada censo que documentó el declive del melomys entre 1978 y 2014.

Una isla que perdió el 97 % de su vegetación

Mientras los animales desaparecían, la isla también se reducía. La cubierta vegetal —la fuente de alimento y refugio del melomys— pasó de 2,2 hectáreas en 2004 a apenas 0,065 hectáreas en marzo de 2014, una pérdida del 97 %, según el informe de Gynther y colegas (2016). El equipo de 2014 documentó plantas de Portulaca muertas con un borde nítido, troncos y fragmentos de pómez arrastrados hacia el interior, y huevos de aves marinas amontonados por el agua: evidencia de que el mar había pasado por encima del cayo, «muy probablemente en varias ocasiones». El último registro del melomys con vida no vino de una trampa, sino de un pescador de caballa, Egon Stewart, que a finales de 2009 vio salir uno o dos animales de debajo de una canoa rota; el informe lo cataloga como información anecdótica y como el último avistamiento conocido.

Fotograma nocturno en infrarrojo de una cámara trampa: arena de coral casi desnuda, vegetación muerta y dos charranes sobre el suelo vacío
Las diez cámaras instaladas en 2014 registraron aves marinas y arena vacía, noche tras noche, donde antes vivía el roedor.

El permiso que llegó cuatro noches tarde

Aquí está el detalle que da vuelta la historia. El rescate estaba en marcha antes de que terminara el trampeo: existía un acuerdo para criar en cautiverio a los últimos melomys con la Universidad de Queensland, sede Gatton, la aprobación de un comité de ética y una exención de la sección 158 de la ley federal de protección ambiental, firmada por el ministro el 3 de septiembre de 2014 «en interés nacional», según el informe de Gynther y colegas (2016). Ese 3 de septiembre era ya la cuarta noche de trampeo consecutiva sin una sola captura. Para cuando el permiso estuvo listo, probablemente ya no quedaba ningún animal que trasladar.

De la duda científica a la extinción oficial

El informe de 2016 lo escribe con una prudencia que buena parte de la cobertura periodística no conservó: concluye que el caso «probablemente representa la primera extinción de un mamífero registrada debida al cambio climático antropogénico». Los autores recomendaron entonces reclasificar a la especie como extinta en estado silvestre; la categoría plena de «Extinta» llegó después, cuando el Comité Científico de Especies Amenazadas del gobierno australiano (2019) formalizó el cambio con efecto desde el 22 de febrero de 2019. Un año antes, parte del mismo equipo —Waller, Gynther, Freeman, Lavery y Leung— había publicado el caso en la revista Wildlife Research, con un título que conservaba la misma cautela: ¿una primera extinción de mamífero causada por el cambio climático inducido por el ser humano?

Un estudio de 1983 ya había advertido que la supervivencia del melomys de Bramble Cay estaba en riesgo. Si el cambio climático tiene una primera víctima documentada con nombre y apellido científico, probablemente no fue un oso polar ni una ballena: fue un roedor que vivía en tres hectáreas de arena y coral, y al que casi nadie miró a tiempo.

Las imágenes de este artículo son recreaciones generadas con IA; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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