Una cachorra de leopardo de las nieves corre de un lado a otro entre las rocas, con su madre cerca. Tiene cuatro meses, y antes de dar esos pasos tuvo que cumplir dos requisitos.
Se llama Sarka. Nació el 31 de mayo en el Zoológico del Bronx, en Nueva York, y es hija de Dariga y de Moutig.
El primero de esos requisitos era recibir sus vacunas de rutina; el segundo, aprobar sus exámenes físicos. Cumplió con los dos, y el zoológico lo contó en Facebook con un video de Sarka corriendo.
Según sus cuidadores, disfruta recorrer cada rincón. También le gusta mirar a los otros leopardos de las nieves que viven al lado.
Esos vecinos son de una especie que, en libertad, casi nadie llega a ver.
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Fantasmas de la montaña
Los leopardos de las nieves viven en el Himalaya, en la meseta tibetana y en otras cordilleras de Asia, repartidos entre doce países. Son tan esquivos que los llaman «fantasmas de la montaña».
Su presencia dice mucho de esas alturas. En 2013, los doce países donde viven firmaron la Declaración de Biskek, que reconoce al leopardo de las nieves como un indicador de la salud de sus ecosistemas de montaña. Esas montañas guardan y sueltan el agua en el nacimiento de ríos que benefician a un tercio de la población mundial.
Pero cada vez quedan menos. En libertad viven entre 5.000 y 7.000, según la Wildlife Conservation Society (WCS), y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza clasifica a la especie como vulnerable.
Las amenazas se encadenan. Del comercio ilegal de sus partes se sabe poco, porque ocurre a escondidas. Aun así, según los reportes que reúne el Snow Leopard Trust, entre 2008 y 2016 se mataron y vendieron entre 220 y 450 por año. La caza ilegal también alcanza a sus presas, como los carneros azules y los íbices, y si ellas disminuyen, disminuyen los leopardos.
Y hay una amenaza que nace de un conflicto. Cada vez sube más ganado a sus montañas, y a veces un leopardo caza un animal del rebaño. Para una familia de pastores que vive con muy poco, esa pérdida es una catástrofe, y algunos responden matando al felino. Esas represalias podrían explicar más de la mitad de las muertes de leopardos de las nieves.
Un trato con los pastores
Por eso, una de las respuestas apunta a lo que está en el fondo del problema: la pobreza. En el programa Snow Leopard Enterprises, del Snow Leopard Trust, las mujeres de familias pastoras hacen alfombras de fieltro y otras artesanías con la lana de su propio ganado. La organización se las compra y las vende en todo el mundo, y el ingreso de una familia puede crecer hasta un 40 %.
A cambio, la comunidad firma cada año un acuerdo para proteger de la caza furtiva a los leopardos y a sus presas. Si lo cumple, recibe un bono al final del año. Si hay caza furtiva, la comunidad entera lo pierde.
Hoy participan más de 400 mujeres de 40 comunidades de Mongolia, Kirguistán, Pakistán e India. En Mongolia, esas comunidades ayudan a proteger cerca de una cuarta parte del territorio donde se ha confirmado la presencia del leopardo.
La WCS, que dirige el Zoológico del Bronx, enfrenta las mismas amenazas en Mongolia, que tiene la segunda población más grande del mundo, y en Afganistán, donde es la única organización internacional dedicada a la especie. Trabaja con las comunidades, combate la caza furtiva y el tráfico, y sigue a los leopardos con cámaras trampa y collares satelitales para saber por dónde se mueven y qué territorio proteger.
Al lado de Dariga
Mientras tanto, en Nueva York, Sarka sigue explorando junto a su madre. Y lo hace con el cuerpo que su especie necesita en las alturas.
Sus patas, grandes y acolchadas, funcionan como raquetas de nieve. Su cola, larga y lanuda, le da calor y equilibrio en las pendientes.
Sarka nunca ha pisado la nieve de esas montañas. Pero cada vez que corre junto a Dariga, lo hace sobre unas patas hechas para esa nieve.
Imagen principal: Bronx Zoo.

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